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Día 112 de 365 · 22 de abril

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Jueces 12

1Los hombres de Efraín se reunieron y cruzaron el Jordán hacia el norte, y dijeron a Jefté: «¿Por qué cruzaste a pelear contra los amonitas sin llamarnos para que fuéramos contigo? Quemaremos tu casa sobre ti». 2Y Jefté les respondió: «Yo y mi pueblo estábamos en gran lucha con los amonitas, y cuando los llamé a ustedes, no me libraron de sus manos. 3Viendo, pues, que no me iban a librar, arriesgué mi vida y crucé contra los amonitas, y el Señor los entregó en mi mano. ¿Por qué, pues, han subido hoy a pelear contra mí?».
4Entonces Jefté reunió a todos los hombres de Galaad y peleó contra Efraín. Los hombres de Galaad derrotaron a Efraín, porque estos decían: «Son fugitivos de Efraín, ustedes los galaaditas, en medio de Efraín y en medio de Manasés».
5Y se apoderaron los galaaditas de los vados del Jordán al lado opuesto de Efraín. Cuando alguno de los fugitivos de Efraín decía: «Déjenme cruzar», los hombres de Galaad le decían: «¿Eres efrateo?». Si él respondía: «No», 6entonces, le decían: «Di, pues, la palabra Shibolet». Pero él decía: «Sibolet», porque no podía pronunciarla correctamente. Entonces le echaban mano y lo mataban junto a los vados del Jordán. Y cayeron en aquella ocasión 42,000 de los de Efraín. 7Jefté juzgó a Israel seis años. Y murió Jefté el galaadita, y fue sepultado en una de las ciudades de Galaad.
8Después de Jefté juzgó a Israel Ibzán de Belén. 9Y tuvo treinta hijos y treinta hijas, a estas las casó fuera de la familia, y trajo de afuera treinta hijas para sus hijos. Él juzgó a Israel siete años. 10Murió Ibzán, y fue sepultado en Belén.
11Después de Ibzán, juzgó a Israel Elón el zabulonita; quien juzgó a Israel diez años. 12Murió Elón el zabulonita, y fue sepultado en Ajalón, en la tierra de Zabulón.
13Entonces Abdón, hijo de Hilel el piratonita, juzgó a Israel después de Elón. 14Tuvo cuarenta hijos y treinta nietos que cabalgaban en setenta asnos. Él juzgó a Israel ocho años. 15Y murió Abdón, hijo de Hilel el piratonita, y fue sepultado en Piratón, en la tierra de Efraín, en la región montañosa de los amalecitas.

Jueces 13

1Los israelitas volvieron a hacer lo malo ante los ojos del Señor, y el Señor los entregó en manos de los filisteos durante cuarenta años.
2Había un hombre de Zora, de la familia de los danitas, el cual se llamaba Manoa; su mujer era estéril y no había tenido hijos. 3Entonces el ángel del Señor se le apareció a la mujer, y le dijo: «Tú eres estéril y no has tenido hijos, pero vas a concebir y a dar a luz un hijo. 4Ahora pues, cuídate de no beber vino ni licor, y de no comer ninguna cosa inmunda. 5Porque vas a concebir y a dar a luz un hijo. Él no pasará navaja sobre su cabeza, porque el niño será nazareo para Dios desde el seno materno. Y él comenzará a salvar a Israel de manos de los filisteos».
6La mujer fue y se lo dijo a su marido: «Un hombre de Dios vino a mí, y su aspecto era como el aspecto del ángel de Dios, muy imponente. Yo no le pregunté de dónde venía, ni él me hizo saber su nombre. 7Pero él me dijo: “Vas a concebir y a dar a luz un hijo; desde ahora no beberás vino ni licor, ni comerás cosa inmunda, porque el niño será nazareo para Dios desde el seno materno hasta el día de su muerte” ».
8Entonces Manoa imploró al Señor, y dijo: «Te ruego Señor, que el hombre de Dios que Tú enviaste venga otra vez a nosotros, para que nos enseñe lo que hemos de hacer con el niño que ha de nacer». 9Dios escuchó la voz de Manoa. Y el ángel de Dios vino otra vez a la mujer cuando estaba sentada en el campo; pero Manoa su marido no estaba con ella.
10La mujer corrió rápidamente y avisó a su marido, y le dijo: «Ven, se me ha aparecido el hombre que vino el otro día». 11Manoa se levantó y siguió a su mujer, y cuando llegó al hombre, le dijo: «¿Eres el hombre que habló a la mujer?». «Yo soy», respondió él.
12Y Manoa le preguntó: «Cuando tus palabras se cumplan, ¿cómo debe ser el modo de vivir del muchacho y cuál su vocación?». 13Y el ángel del Señor contestó a Manoa: «Que la mujer atienda a todo lo que le dije. 14No comerá nada que venga de la vid, no beberá vino ni licor, ni comerá nada inmundo. Ella deberá guardar todo lo que le he ordenado».
15Entonces Manoa dijo al ángel del Señor: «Permítenos detenerte y prepararte un cabrito». 16Y el ángel del Señor respondió a Manoa: «Aunque me detengas, no comeré de tu alimento, pero si preparas un holocausto, ofrécelo al Señor». Y Manoa no sabía que era el ángel del Señor.
17Y Manoa dijo al ángel del Señor: «¿Cuál es tu nombre, para que cuando se cumplan tus palabras, te honremos?». 18El ángel del Señor le respondió: «¿Por qué preguntas mi nombre, viendo que es maravilloso?».
19Entonces Manoa tomó el cabrito con la ofrenda de cereal y los ofreció sobre una piedra al Señor, y el ángel hizo maravillas mientras que Manoa y su mujer observaban. 20Pues sucedió que cuando la llama subía del altar hacia el cielo, el ángel del Señor ascendió en la llama del altar. Al ver esto, Manoa y su mujer cayeron rostro en tierra.
21El ángel del Señor no se volvió a aparecer a Manoa ni a su mujer. Entonces Manoa supo que era el ángel del Señor. 22Y Manoa dijo a su mujer: «Ciertamente moriremos, porque hemos visto a Dios». 23Pero su mujer le contestó: «Si el Señor hubiera deseado matarnos, no habría aceptado el holocausto ni la ofrenda de cereal de nuestras manos; tampoco nos habría mostrado todas estas cosas, ni nos habría permitido ahora oír cosas como estas».
24Y la mujer dio a luz un hijo y le puso por nombre Sansón. El niño creció y el Señor lo bendijo. 25Y el Espíritu del Señor comenzó a manifestarse en él en Majané Dan, entre Zora y Estaol.

Hechos 23

1Entonces Pablo, mirando fijamente al Concilio, dijo: «Hermanos, hasta este día yo he vivido delante de Dios con una conciencia perfectamente limpia».
2Y el sumo sacerdote Ananías ordenó a los que estaban junto a él, que lo golpearan en la boca. 3Entonces Pablo le dijo: «¡Dios lo golpeará a usted, pared blanqueada! ¿Se sienta usted para juzgarme conforme a la ley, y viola la ley ordenando que me golpeen?».
4Los que estaban allí observando, dijeron: «¿Al sumo sacerdote de Dios injurias?». 5Y Pablo dijo: «No sabía, hermanos, que él era el sumo sacerdote; porque escrito está: “No hablarás mal de una de las autoridades de tu pueblo” ».
6Entonces Pablo, dándose cuenta de que una parte eran saduceos y otra fariseos, alzó la voz en el Concilio: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos. Se me juzga a causa de la esperanza de la resurrección de los muertos». 7Cuando dijo esto, se produjo un altercado entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. 8Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, pero los fariseos creen todo esto.
9Se produjo entonces un gran alboroto. Y levantándose algunos de los escribas del grupo de los fariseos, discutían enérgicamente, diciendo: «No encontramos nada malo en este hombre; pero ¿y si un espíritu o un ángel le ha hablado?». 10Al surgir un gran altercado, el comandante tuvo temor de que Pablo fuera despedazado por ellos, y ordenó que las tropas descendieran, lo sacaran de entre ellos a la fuerza y lo llevaran al cuartel.
11A la noche siguiente el Señor se le apareció a Pablo y le dijo: «Ten ánimo, porque como has testificado fielmente de Mi causa en Jerusalén, así has de testificar también en Roma».
12Cuando se hizo de día, los judíos tramaron una conspiración y se comprometieron bajo juramento, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubieran matado a Pablo. 13Los que tramaron este plan eran más de cuarenta hombres, 14los cuales fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos y dijeron: «Nos hemos comprometido bajo solemne juramento a no probar nada hasta que hayamos matado a Pablo. 15Ahora pues, ustedes y el Concilio, avisen al comandante para que lo haga comparecer ante ustedes, como si quisieran hacer una investigación más minuciosa para resolver su caso. Nosotros por nuestra parte estamos listos para matarlo antes de que llegue».
16Pero el hijo de la hermana de Pablo se enteró de la emboscada, y fue y entró al cuartel y dio aviso a Pablo. 17Pablo, llamando a uno de los centuriones, dijo: «Lleva a este joven al comandante, porque tiene algo que informarle».
18Él entonces, tomándolo consigo, lo condujo al comandante, y le dijo*: «Pablo, el preso, me llamó y me pidió que te trajera a este joven, pues tiene algo que decirte». 19El comandante, tomándolo de la mano, y llevándolo aparte, le preguntó: «¿Qué es lo que tienes que informarme?».
20Y el joven respondió: «Los judíos se han puesto de acuerdo en pedirle que mañana lleve a Pablo al Concilio con el pretexto de hacer una indagación más a fondo sobre él. 21Pero no les preste atención, porque más de cuarenta hombres de ellos, que se han comprometido bajo juramento a no comer ni beber hasta que lo hayan matado, esperan emboscados. Ellos ya están listos esperando promesa de parte suya». 22Entonces el comandante dejó ir al joven, encomendándole: «No digas a nadie que me has informado de estas cosas».
23Y llamando a dos de los centuriones, dijo: «Preparen 200 soldados para las nueve de la noche, con setenta jinetes y 200 lanceros, para que vayan a Cesarea». 24Debían preparar también cabalgaduras para Pablo y llevarlo a salvo al gobernador Félix.
25También el comandante escribió una carta en estos términos:
26«Claudio Lisias, al excelentísimo gobernador Félix: Salud.
27Cuando este hombre fue arrestado por los judíos, y estaba a punto de ser muerto por ellos, al saber que era romano, fui con las tropas y lo rescaté.
28Queriendo cerciorarme de la causa por la cual lo acusaban, lo llevé a su Concilio
29y hallé que lo acusaban sobre cuestiones de su ley, pero no de ningún cargo que mereciera muerte o prisión.
30Cuando se me informó de que había un plan en contra del hombre, se lo envié enseguida, instruyendo también a sus acusadores que presenten los cargos contra él delante de usted».
31Así que los soldados, de acuerdo con las órdenes que tenían, tomaron a Pablo y lo llevaron de noche a Antípatris. 32Al día siguiente regresaron al cuartel dejando que los de a caballo siguieran con él, 33los cuales, después de llegar a Cesarea y de entregar la carta al gobernador, le presentaron también a Pablo.
34Cuando el gobernador leyó la carta, preguntó de qué provincia era Pablo. Y al enterarse de que era de Cilicia, 35dijo: «Te oiré cuando estén presentes también tus acusadores». Y mandó que lo guardaran en el Pretoriode Herodes.

Salmo 112

1¡Aleluya!
Cuán bienaventurado es el hombre que teme al Señor,
Que mucho se deleita en Sus mandamientos.
2Poderosa en la tierra será su descendencia;
La generación de los rectos será bendita.
3Bienes y riquezas hay en su casa,
Y su justicia permanece para siempre.
4Luz resplandece en las tinieblas para el que es recto;
Él es clemente, compasivo y justo.
5Bien le va al hombre que se apiada y presta;
Arreglará sus asuntos con juicio.
6Porque nunca será sacudido;
Para siempre será recordado el justo.
7¶No temerá recibir malas noticias;
Su corazón está firme, confiado en el Señor.
8Su corazón está seguro, no temerá,
Hasta que vea vencidos a sus adversarios.
9Con liberalidad ha dado a los pobres;
Su justicia permanece para siempre;
Su poder será exaltado con honor.
10¶Lo verá el impío y se irritará;
Rechinará los dientes y se consumirá;
El deseo de los impíos perecerá.

Proverbios 19

1Mejor es el pobre que anda en su integridad
Que el de labios perversos y necio.
2Tampoco es bueno para una persona carecer de conocimiento,
Y el que se apresura con los pies peca.
3La insensatez del hombre pervierte su camino,
Y su corazón se irrita contra el Señor.
4La riqueza añade muchos amigos,
Pero el pobre es separado de su amigo.
5El testigo falso no quedará sin castigo,
Y el que cuenta mentiras no escapará.
6Muchos buscan el favor del generoso,
Y todo hombre es amigo del que da.
7Todos los hermanos del pobre lo aborrecen,
¡Cuánto más sus amigos se alejarán de él!
Los persigue con palabras, pero ellos se han ido.
8El que adquiere cordura ama su alma;
El que guarda la prudencia hallará el bien.
9El testigo falso no quedará sin castigo,
Y el que cuenta mentiras perecerá.
10Al necio no conviene la vida de lujo;
Mucho menos a un siervo gobernar a los príncipes.
11La discreción del hombre le hace lento para la ira,
Y su gloria es pasar por alto una ofensa.
12Como rugido de león es la ira del rey,
Y su favor como rocío sobre la hierba.
13El hijo necio es ruina de su padre,
Y gotera constante las contiendas de una esposa.
14Casa y riqueza son herencia de los padres,
Pero la mujer prudente viene del Señor.
15La pereza hace caer en profundo sueño,
Y el alma ociosa sufrirá hambre.
16El que guarda el mandamiento guarda su alma,
Pero el que desprecia sus caminos morirá.
17El que se apiada del pobre presta al Señor,
Y Él lo recompensará por su buena obra.
18Disciplina a tu hijo mientras hay esperanza,
Pero no desee tu alma causarle la muerte.
19El hombre de gran ira llevará el castigo,
Porque si tú lo rescatas, tendrás que hacerlo de nuevo.
20Escucha el consejo y acepta la corrección,
Para que seas sabio el resto de tus días.
21Muchos son los planes en el corazón del hombre,
Mas el consejo del Señor permanecerá.
22Lo que es deseable en un hombre es su bondad,
Y es mejor ser pobre que mentiroso.
23El temor del Señor conduce a la vida,
Para poder dormir satisfecho, sin ser tocado por el mal.
24El perezoso mete su mano en el plato,
Y ni aun a su boca la llevará.
25Golpea al insolente y el ingenuo se volverá astuto,
Pero reprende al que tiene inteligencia y ganará en conocimiento.
26El que asalta a su padre y echa fuera a su madre
Es un hijo que trae vergüenza y desgracia.
27Cesa, hijo mío, de escuchar la instrucción,
Y te desviarás de las palabras de sabiduría.
28El testigo perverso se burla de la justicia,
Y la boca de los impíos esparce iniquidad.
29Los juicios están preparados para los insolentes,
Y los azotes para la espalda de los necios.

Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © The Lockman Foundation — cortesía de YouVersion.

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