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Día 311 de 365 · 7 de noviembre

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Lamentaciones 5

1Acuérdate, oh Señor, de lo que nos ha sucedido;
Mira y ve nuestro oprobio.
2Nuestra heredad ha pasado a extraños,
Nuestras casas a extranjeros.
3Hemos quedado huérfanos, sin padre,
Nuestras madres, como viudas.
4Por el agua que bebemos tenemos que pagar,
Nuestra leña nos llega por precio.
5Sobre nuestros cuellos están nuestros perseguidores;
No hay descanso para nosotros, estamos agotados.
6A Egipto y a Asiria nos hemos sometido
Para saciarnos de pan.
7Nuestros padres pecaron, ya no existen,
Y nosotros cargamos con sus iniquidades.
8Esclavos dominan sobre nosotros,
No hay quien nos libre de su mano.
9Con peligro de nuestras vidas conseguimos nuestro pan,
Enfrentándonos a la espada en el desierto.
10Nuestra piel quema como un horno,
A causa de los ardores del hambre.
11Violaron a las mujeres en Sión,
A las vírgenes en las ciudades de Judá.
12Los príncipes fueron colgados de sus manos,
Los rostros de los ancianos no fueron respetados.
13Los jóvenes trabajaron en el molino,
Y los muchachos cayeron bajo el peso de la leña.
14Los ancianos se han ido de la puerta de la ciudad,
Los jóvenes, de su música.
15Ha cesado el gozo de nuestro corazón,
Se ha convertido en duelo nuestra danza.
16Ha caído la corona de nuestra cabeza.
¡Ay de nosotros, pues hemos pecado!
17Por esto está abatido nuestro corazón,
Por estas cosas se nublan nuestros ojos,
18Porque el monte Sión está asolado;
Las zorras merodean en él.
19¶Pero Tú, oh Señor, reinas para siempre,
Tu trono permanece de generación en generación.
20¿Por qué te olvidas para siempre de nosotros,
Y nos abandonas a perpetuidad?
21Restáuranos a Ti, oh Señor, y seremos restaurados;
Renueva nuestros días como antaño,
22A no ser que nos hayas desechado totalmente,
Yestés enojado en gran manera contra nosotros.

Ezequiel 1

1En el año treinta, al quinto día del mes cuarto, estando yo entre los desterrados junto al río Quebar, los cielos se abrieron y contemplé visiones de Dios.
2(En aquel día cinco del mes, en el año quinto del destierro del rey Joaquín, 3la palabra del Señor fue dirigida al sacerdote Ezequiel, hijo de Buzi, en la tierra de los caldeos junto al río Quebar, y allí vino sobre él la mano del Señor).
4Mientras miraba, vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube con fuego fulgurante y un resplandor a su alrededor. En su centro había algo como un metal refulgente en medio del fuego. 5También en su centro vi figuras semejantes a cuatro seres vivientes. Y este era su aspecto: tenían forma humana. 6Cada uno de ellos tenía cuatro caras y cuatro alas. 7Sus piernas eran rectas, y la planta de sus pies era como la planta de la pezuña del ternero, y brillaban como bronce bruñido. 8Bajo sus alas, a sus cuatro lados, tenían manos humanas. Los cuatro tenían caras y alas. 9Sus alas se tocaban una a la otra y sus caras no se volvían cuando andaban. Cada uno iba de frente hacia adelante.
10La forma de sus caras era como la cara de un hombre; los cuatro tenían cara de león a la derecha y cara de toro a la izquierda; y los cuatro tenían cara de águila. 11Así eran sus caras. Sus alas se extendían por encima; con dos se tocaban entre sí y con dos cubrían su cuerpo. 12Cada uno iba de frente hacia adelante; adondequiera que iba el espíritu, iban ellos, sin volverse cuando andaban. 13En medio de los seres vivientes había algo que parecía carbones encendidos en llamas, eran como antorchas que se lanzaban de un lado a otro entre los seres vivientes. El fuego resplandecía, y del fuego salían rayos. 14Y los seres vivientes corrían de un lado a otro como el fulgor del relámpago.
15Miré a los seres vivientes, y vi que había una rueda en la tierra junto a cada uno de los seres vivientes de cuatro caras. 16El aspecto de las ruedas y su hechura era como el brillo del crisólito, y las cuatro tenían la misma forma; su aspecto y su hechura eran como si una rueda estuviera dentro de la otra rueda. 17Cuando andaban, se movían en las cuatro direcciones, sin volverse cuando andaban. 18Sus aros eran altos e imponentes, y los aros de las cuatro ruedas estaban llenos de ojos alrededor. 19Cuando los seres vivientes andaban, las ruedas se movían con ellos. Y cuando los seres vivientes se levantaban de la tierra, las ruedas también se levantaban. 20Adondequiera que iba el espíritu, iban ellos en esa dirección. Y las ruedas se levantaban junto con ellos; porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas. 21Cuando los seres andaban, andaban ellas, y cuando ellos se detenían, se detenían ellas. Y cuando ellos se levantaban de la tierra, las ruedas se levantaban junto con ellos, porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas.
22Sobre las cabezas de los seres vivientes había algo semejante a un firmamento con el brillo deslumbrante de un cristal, extendido por encima de sus cabezas. 23Debajo del firmamento sus alas se extendían derechas, la una hacia la otra; cada uno tenía dos que cubrían sus cuerpos por un lado y por el otro. 24Y oí el ruido de sus alas cuando andaban, como el estruendo de muchas aguas, como la voz del Todopoderoso, un ruido de tumulto como el ruido de un campamento militar. Cada vez que se detenían, bajaban sus alas. 25También hubo un ruido por encima del firmamento que había sobre sus cabezas. Cada vez que se detenían, bajaban sus alas.
26Sobre el firmamento que estaba por encima de sus cabezas había algo semejante a un trono, de aspecto como de piedra de zafiro; y en lo que se asemejaba a un trono, sobre él, en lo más alto, había una figura con apariencia de hombre. 27Entonces observé que en lo que parecían Sus lomos y hacia arriba, había algo como metal refulgente que lucía como fuego dentro de ella en derredor, y en lo que parecían Sus lomos y hacia abajo vi algo como fuego, y un resplandor a Su alrededor. 28Como el aspecto del arco iris que aparece en las nubes en un día lluvioso, así era el aspecto del resplandor en derredor. Tal era el aspecto de la semejanza de la gloria del Señor. Cuando lovi, caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba.

Lucas 7

1Cuando terminó todas Sus palabras al pueblo que le oía, Jesús se fue a Capernaúm.
2Y el siervo de cierto centurión, a quien este apreciaba mucho, estaba enfermo y a punto de morir. 3Al oír hablar de Jesús, el centurión envió a Él unos ancianos de los judíos, pidiendo que viniera y salvara a su siervo. 4Cuando ellos llegaron a Jesús, le rogaron con insistencia, diciendo: «El centurión es digno de que le concedas esto; 5porque él ama a nuestro pueblo y fue él quien nos edificó la sinagoga».
6Jesús iba con ellos, pero cuando ya no estaba lejos de la casa, el centurión envió a unos amigos, diciendo: «Señor, no te molestes más, porque no soy digno de que Tú entres bajo mi techo; 7por eso ni siquiera me consideré digno de ir a Ti, tan solo di la palabra y mi siervo será sanado. 8Pues yo también soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a este: “Ve”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace».
9Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la multitud que lo seguía: «Les digo que ni aun en Israel he hallado una fe tan grande». 10Cuando los que habían sido enviados regresaron a la casa, encontraron sano al siervo.
11Aconteció poco después que Jesús fue a una ciudad llamada Naín; y Sus discípulos iban con Él acompañados por una gran multitud. 12Y cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban fuera a un muerto, hijo único de su madre, y ella era viuda; y un grupo numeroso de la ciudad estaba con ella. 13Al verla, el Señor tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores».
14Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y Jesús dijo: «Joven, a ti te digo: ¡Levántate!». 15El que había muerto se incorporó y comenzó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. 16El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros». También decían: «Dios ha visitado a Su pueblo». 17Este dicho que se decía de Él, se divulgó por toda Judea y por toda la región circunvecina.
18Entonces los discípulos de Juan le informaron de todas estas cosas. 19Y llamando Juan a dos de sus discípulos, los envió a preguntar al Señor: «¿Eres Tú el que ha de venir, o esperamos a otro?».
20Cuando los hombres llegaron a Él, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado para que te preguntáramos: “¿Eres Tú el que ha de venir, o esperamos a otro?” ». 21En esa misma hora curó a muchos de enfermedades, aflicciones y malos espíritus, y a muchos ciegos les dio la vista. 22Entonces Él les respondió: «Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: los ciegos reciben la vista, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres se les anuncia el evangelio. 23Y bienaventurado es el que no se escandaliza de Mí».
24Cuando los mensajeros de Juan se fueron, Jesús comenzó a hablar a las multitudes acerca de Juan: «¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? 25Pero, ¿qué salieron a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Miren, los que visten con esplendor y viven en deleites están en los palacios de los reyes. 26Pero, ¿qué salieron a ver? ¿Un profeta? Sí, les digo, y uno que es más que un profeta. 27Este es aquel de quien está escrito:
“Mira, Yo envío Mi mensajero delante de Ti,
Quien preparará Tu camino delante de Ti”.
28 Les digo que entre los nacidos de mujer , no hay nadie mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él».
29Al oír esto, todo el pueblo y los recaudadores de impuestos reconocieron la justicia de Dios, y fueron bautizados con el bautismo de Juan. 30Pero los fariseos y los intérpretes de la ley rechazaron los propósitos de Dios para con ellos, al no ser bautizados por Juan.
31 «¿A qué, entonces, compararé los hombres de esta generación, y a qué son semejantes? 32Son semejantes a los muchachos que se sientan en la plaza y se llaman unos a otros, y dicen: “Les tocamos la flauta, y no bailaron; entonamos endechas, y no lloraron”. 33Porque ha venido Juan el Bautista, que no come pan, ni bebe vino, y ustedes dicen: “Tiene un demonio”. 34Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: “Miren, un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores”. 35Pero la sabiduría es justificada por todos sus hijos».
36Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él; y entrando Él en la casa del fariseo, se sentó a la mesa. 37Había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; 38y poniéndose detrás de Él a Sus pies, llorando, comenzó a regar Sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba Sus pies y los ungía con el perfume. 39Pero al ver esto el fariseo que lo había invitado, dijo para sí: «Si Este fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, que es una pecadora».
40Y Jesús le dijo*: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», le contestó. 41«Cierto prestamista tenía dos deudores; uno le debía 500 denarios y el otro cincuenta; 42y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos, entonces, lo amará más?».
43«Supongo que aquel a quien le perdonó más», respondió Simón. Y Jesús le dijo: «Has juzgado correctamente».
44Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: «¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para Mis pies, pero ella ha regado Mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. 45No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar Mis pies. 46No ungiste Mi cabeza con aceite, pero ella ungió Mis pies con perfume. 47Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama». 48Entonces Jesús le dijo a la mujer: «Tus pecados han sido perdonados».
49Los que estaban sentados a la mesa con Él comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es Este que hasta perdona pecados?». 50Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Salmo 11

Para el director del coro. Salmo de David.
1En el Señor me refugio;
¿Cómo es que ustedes le dicen a mi alma: «Huye como ave al monte?
2-»Porque los impíos tensan el arco,
Preparan su flecha sobre la cuerda
Para disparar en lo oscuro a los rectos de corazón.
3-»Si los fundamentos son destruidos;
¿Qué puede hacer el justo?».
4¶El Señor está en Su santo templo, el trono del Señor está en los cielos;
Sus ojos contemplan, Sus párpados examinan a los hijos de los hombres.
5El Señor prueba al justo y al impío,
Y Su alma aborrece al que ama la violencia.
6Sobre los impíos hará llover carbones encendidos;
Fuego, azufre y viento abrasador será la porción de su copa.
7Pues el Señor es justo; Él ama la justicia;
Los rectos contemplarán Su rostro.

Proverbios 1

1Los proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel:
2Para aprender sabiduría e instrucción,
Para discernir dichos profundos,
3Para recibir instrucción en sabia conducta,
Justicia, juicio y equidad;
4Para dar a los simples prudencia,
Y a los jóvenes conocimiento y discreción.
5El sabio oirá y crecerá en conocimiento,
Y el inteligente adquirirá habilidad,
6Para entender proverbio y metáfora,
Las palabras de los sabios y sus enigmas.
7¶El temor del Señor es el principio de la sabiduría;
Los necios desprecian la sabiduría y la instrucción.
8¶Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre
Y no abandones la enseñanza de tu madre;
9Porque son guirnalda de gracia para tu cabeza,
Y collares para tu cuello.
10Hijo mío, si los pecadores te quieren seducir,
No consientas.
11Si dicen: «Ven con nosotros,
Pongámonos al acecho para derramar sangre,
Sin causa asechemos al inocente,
12Devorémoslos vivos como el Seol,
Enteros, como los que descienden al abismo;
13Hallaremos toda clase de preciadas riquezas,
Llenaremos nuestras casas de botín;
14Echa tu suerte con nosotros,
Todos tendremos una bolsa»,
15Hijo mío, no andes en el camino con ellos.
Aparta tu pie de su senda,
16Porque sus pies corren hacia el mal,
Y se apresuran a derramar sangre.
17Porque es en vano tender la red
Ante los ojos de cualquier ave;
18Pero ellos a su propia sangre acechan,
Tienden lazo a sus propias vidas.
19Tales son los caminos de todo el que se beneficia por la violencia:
Que quita la vida de sus poseedores.
20¶La sabiduría clama en la calle,
En las plazas alza su voz;
21Clama en las esquinas de las calles concurridas;
A la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos:
22«¿Hasta cuándo, oh simples, amarán la simpleza,
Y los burladores se deleitarán en hacer burla,
Y los necios aborrecerán el conocimiento?
23-»Vuélvanse a mi reprensión,
Y derramaré mi espíritu sobre ustedes;
Les haré conocer mis palabras.
24-»Porque he llamado y han rehusado oír,
He extendido mi mano y nadie ha hecho caso.
25-»Han desatendido todo consejo mío
Y no han deseado mi reprensión.
26-»También yo me reiré de la calamidad de ustedes,
Me burlaré cuando sobrevenga lo que temen,
27Cuando venga como tormenta lo que temen
Y su calamidad sobrevenga como torbellino,
Cuando vengan sobre ustedes tribulación y angustia.
28-»Entonces me invocarán, pero no responderé;
Me buscarán con diligencia, pero no me hallarán,
29Porque odiaron el conocimiento,
Y no escogieron el temor del Señor,
30Ni quisieron aceptar mi consejo,
Y despreciaron toda mi reprensión.
31-»Comerán del fruto de su conducta,
Y de sus propias artimañas se hartarán.
32-»Porque el desvío de los simples los matará,
Y la complacencia de los necios los destruirá.
33-»Pero el que me escucha vivirá seguro,
Y descansará, sin temor al mal».

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