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Día 312 de 365 · 8 de noviembre

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Ezequiel 2

1Entonces Él me dijo: «Hijo de hombre, ponte en pie para que Yo te hable». 2Mientras Él me hablaba, el Espíritu entró en mí y me puso en pie; y oí al que me hablaba. 3Entonces me dijo: «Hijo de hombre, Yo te envío a los israelitas, a una nación de rebeldes que se ha rebelado contra Mí; ellos y sus padres se han levantado contra Mí hasta este mismo día. 4A los hijos de duro semblante y corazón empedernido, a quienes te envío, les dirás: “Así dice el Señor Dios”. 5Tal vez ellos escuchen o dejen de escuchar, porque son una casa rebelde, sabrán que un profeta ha estado entre ellos. 6Y tú, hijo de hombre, no temas; no les temas a ellos ni a sus palabras aunque haya contigo cardos y espinas y te sientes en escorpiones. No temas sus palabras ni te atemorices ante ellos, porque son una casa rebelde. 7Les hablarás Mis palabras, escuchen o dejen de escuchar, porque son rebeldes.
8»Y tú, hijo de hombre, escucha lo que te hablo; no seas rebelde como esa casa rebelde. Abre tu boca y come lo que te voy a dar». 9Entonces miré que una mano estaba extendida hacia mí, y en ella había un libro. 10Él lo desenrolló delante de mí, y estaba escrito por delante y por detrás; y en él estaban escritas lamentaciones, gemidos y ayes.

Ezequiel 3

1Entonces Él me dijo: «Hijo de hombre, come lo que tienes delante; cómete este rollo, y ve, habla a la casa de Israel». 2Abrí, pues, mi boca, y Él me dio a comer el rollo. 3Entonces me dijo: «Hijo de hombre, alimenta tu estómago y llena tu cuerpo de este rollo que te doy». Y lo comí, y fue en mi boca dulce como la miel.
4Me dijo además: «Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales con Mis palabras. 5Porque no eres enviado a un pueblo de habla incomprensible y lengua difícil, sino a la casa de Israel. 6Tampoco te envío a pueblos numerosos de habla incomprensible y lengua difícil cuyas palabras no puedas entender. Aunque si te enviara a ellos, ellos te escucharían. 7Pero la casa de Israel no querrá escucharte, ya que no quieren escucharme a Mí. Ciertamente toda la casa de Israel es terca y de duro corazón. 8Por eso he hecho tu rostro tan duro como sus rostros, y tu frente tan dura como sus frentes. 9Como esmeril, más duro que el pedernal, he hecho tu frente. No les temas ni te atemorices ante ellos, porque son casa rebelde». 10Además me dijo: «Hijo de hombre, recibe en tu corazón todas Mis palabras que Yo te hablo, y escúchalas atentamente. 11Y ve a los desterrados, a los hijos de tu pueblo; háblales y diles, escuchen o dejen de escuchar: “Así dice el Señor Dios” ».
12Entonces el Espíritu me levantó, y oí detrás de mí un gran ruido atronador: «Bendita sea la gloria del Señor desde Su lugar». 13 el ruido de las alas de los seres vivientes que se tocaban una a la otra, y el ruido de las ruedas junto a ellos, un gran ruido atronador. 14El Espíritu me levantó y me tomó; yo iba con amargura en la indignación de mi espíritu, y la mano del Señor era fuerte sobre mí. 15Entonces vine a los desterrados de Tel Abib que habitaban junto al río Quebar, y allí donde ellos vivían, estuve sentado siete días, atónito, en medio de ellos.
16Después de los siete días vino a mí la palabra del Señor: 17«Hijo de hombre, te he puesto por centinela de la casa de Israel. Cuando oigas la palabra de Mi boca, adviérteles de Mi parte. 18Cuando Yo diga al impío: “Ciertamente morirás”, si no le adviertes, si no hablas para advertir al impío de su mal camino a fin de que viva, ese impío morirá por su iniquidad, pero Yo demandaré su sangre de tu mano. 19Pero si tú has advertido al impío, y este no se aparta de su impiedad ni de su camino impío, él morirá por su iniquidad, pero tú habrás salvado tu vida. 20Y cuando un justo se desvíe de su justicia y cometa iniquidad, Yo pondré un obstáculo delante de él, y morirá; porque tú no le advertiste, él morirá por su pecado, y las obras de justicia que había hecho no serán recordadas, pero Yo demandaré su sangre de tu mano. 21Sin embargo, si tú has advertido al justo de que el justo no debe pecar, y él no peca, ciertamente vivirá porque aceptó la advertencia, y tú habrás salvado tu vida».
22La mano del Señor vino allí sobre mí, y Él me dijo: «Levántate, ve a la llanura, y allí te hablaré». 23Así que me levanté y salí a la llanura; y la gloria del Señor estaba parada allí, como la gloria que yo había visto junto al río Quebar, y caí rostro en tierra. 24Entonces el Espíritu entró en mí, me hizo ponerme en pie y habló conmigo, y me dijo: «Ve, enciérrate en tu casa. 25Y tú, hijo de hombre, mira, te echarán cuerdas y con ellas te atarán para que no salgas en medio de ellos. 26Haré que tu lengua se te pegue al paladar y enmudecerás, y no serás para ellos el hombre que reprenda, porque son una casa rebelde. 27Pero cuando Yo te hable, te abriré la boca, y les dirás: “Así dice el Señor Dios”. El que oye, que oiga; el que rehúse oír, que rehúse; porque son una casa rebelde.

Lucas 8

1Poco después, Jesús comenzó a recorrer las ciudades y aldeas, proclamando y anunciando las buenas nuevas del reino de Dios. Con Él iban los doce discípulos, 2y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; 3Juana, mujer de Chuza, mayordomo de Herodes; Susana y muchas otras que de sus bienes personales contribuían al sostenimiento de ellos.
4Habiéndose congregado una gran multitud y los que de varias ciudades acudían a Jesús, entonces les habló por medio de una parábola: 5«El sembrador salió a sembrar su semilla. Al sembrarla, una parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y las aves del cielo se la comieron. 6Otra parte cayó sobre la roca, y tan pronto como creció, se secó, porque no tenía humedad. 7Otra parte cayó en medio de los espinos; y los espinos, al crecer con ella, la ahogaron. 8Y otra parte cayó en tierra buena, y creció y produjo una cosecha a ciento por uno». Al hablar estas cosas, Jesús exclamaba: «El que tiene oídos para oír, que oiga».
9Sus discípulos le preguntaban qué quería decir esta parábola, 10y Él respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de Dios, pero a los demás les hablo en parábolas, para que viendo, no vean; y oyendo, no entiendan.
11 La parábola es esta: la semilla es la palabra de Dios. 12Aquellos a lo largo del camino son los que han oído, pero después viene el diablo y arrebata la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. 13Aquellos sobre la roca son los que, cuando oyen, reciben la palabra con gozo; pero no tienen raíz profunda; creen por algún tiempo, y en el momento de la tentación sucumben. 14La semilla que cayó entre los espinos, son los que han oído, y al continuar su camino son ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y su fruto no madura. 15Pero la semilla en la tierra buena, son los que han oído la palabra con corazón recto y bueno, y la retienen, y dan fruto con su perseverancia.
16 »Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de una cama, sino que la pone sobre un candelero para que los que entren vean la luz. 17Pues no hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz.
18 »Por tanto, tengan cuidado de cómo oyen; porque al que tiene, más le será dado; y al que no tiene, aun lo que cree que tiene se le quitará».
19Entonces la madre y los hermanos de Jesús llegaron a donde Él estaba, pero no podían acercarse a Él debido al gentío. 20«Tu madre y Tus hermanos están afuera y te quieren ver», le avisaron. 21Pero Él les respondió: «Mi madre y Mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la hacen».
22Uno de aquellos días, Jesús entró en una barca con Sus discípulos, y les dijo: «Pasemos al otro lado del lago». Y se hicieron a la mar. 23Pero mientras ellos navegaban, Él se durmió; y una violenta tempestad descendió sobre el lago, y comenzaron a hundirse y corrían peligro.
24Llegándose a Jesús, lo despertaron, diciendo: «¡Maestro, Maestro, que perecemos!». Y Él, levantándose, reprendió al viento y a las olas embravecidas, y cesaron y sobrevino la calma. 25«¿Dónde está la fe de ustedes?», les dijo. Pero ellos estaban atemorizados y asombrados, diciéndose unos a otros: «¿Quién, pues, es Este que aun a los vientos y al agua manda y lo obedecen?».
26Entonces navegaron hacia la tierra de los gadarenos que está al lado opuesto de Galilea. 27Cuando Jesús bajó a tierra, le salió al encuentro un hombre de la ciudad poseído por demonios, y que por mucho tiempo no se había puesto ropa alguna, ni vivía en una casa sino en los sepulcros. 28Al ver a Jesús, gritó y cayó delante de Él, y dijo en alta voz: «¿Qué tienes Tú que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes».
29Porque Él mandaba al espíritu inmundo que saliera del hombre, pues muchas veces se había apoderado de él, y estaba atado con cadenas y grillos y bajo guardia; a pesar de todo rompía las ataduras y era llevado por el demonio a los desiertos. 30Entonces Jesús le preguntó: «¿Cómo te llamas?». «Legión», contestó; porque muchos demonios habían entrado en él.
31Y le rogaban que no les ordenara irse al abismo. 32Había una manada de muchos cerdos paciendo allí en el monte; y los demonios le rogaron que les permitiera entrar en los cerdos. Y Él les dio permiso. 33Los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos, y la manada se precipitó por el despeñadero al lago y se ahogaron.
34Cuando los que los cuidaban vieron lo que había sucedido, huyeron y lo contaron en la ciudad y por los campos. 35Salió entonces la gente a ver qué había sucedido; y vinieron a Jesús, y encontraron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido y en su cabal juicio, y se llenaron de temor. 36Los que lo habían visto, les contaron cómo el que estaba endemoniado había sido sanado. 37Entonces toda la gente de la región alrededor de los gadarenos le pidió a Jesús que se alejara de ellos, porque estaban poseídos de un gran temor. Y Él, entrando a una barca, regresó.
38Pero el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que le permitiera estar con Él; pero Jesús lo despidió, diciendo: 39«Vuelve a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas Dios ha hecho por ti». Y él se fue, proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas Jesús había hecho por él.
40Cuando Jesús volvió, la multitud lo recibió con gozo, porque todos lo habían estado esperando. 41Entonces llegó un hombre llamado Jairo, que era un oficial de la sinagoga. Cayendo a los pies de Jesús, le rogaba que entrara a su casa; 42porque tenía una hija única, como de doce años, que estaba al borde de la muerte. Pero mientras Él iba, la muchedumbre lo apretaba.
43Y una mujer que había tenido un flujo de sangre por doce años y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, sin que nadie pudiera curarla, 44se acercó a Jesús por detrás y tocó el borde de Su manto, y al instante cesó el flujo de su sangre. 45Y Jesús preguntó: «¿Quién es el que me ha tocado?». Mientras todos lo negaban, Pedro dijo, y los que con él estaban: «Maestro, las multitudes te aprietan y te oprimen».
46Pero Jesús dijo: «Alguien me tocó, porque me di cuenta de que había salido poder de Mí». 47Al ver la mujer que ella no había pasado inadvertida, se acercó temblando, y cayendo delante de Él, declaró en presencia de todo el pueblo la razón por la cual lo había tocado, y cómo al instante había sido sanada. 48Y Él le dijo: «Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz».
49Mientras Jesús estaba todavía hablando, vino* alguien de la casa de Jairo, oficial de la sinagoga, diciendo: «Tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro». 50Pero cuando Jesús lo oyó, le respondió: «No temas; cree solamente, y ella será sanada». 51Al llegar Jesús a la casa, no permitió que nadie entrara con Él sino solo Pedro, Juan y Jacobo, y el padre y la madre de la muchacha. 52Todos la lloraban y se lamentaban; pero Él dijo: «No lloren, porque no ha muerto, sino que duerme».
53Y se burlaban de Él, sabiendo que ella había muerto. 54Pero Él, tomándola de la mano, clamó, diciendo: «¡Niña, levántate!». 55Entonces le volvió a ella su espíritu y se levantó al instante, y Jesús mandó que le dieran de comer. 56Sus padres estaban asombrados, pero Él les encargó que no dijeran a nadie lo que había sucedido.

Salmo 12

Para el director del coro; sobre una lira de ocho cuerdas. Salmo de David.
1Salva, Señor, porque el piadoso deja de ser;
Porque los fieles desaparecen de entre los hijos de los hombres.
2Falsedad habla cada uno a su prójimo;
Hablan con labios lisonjeros y con doblez de corazón.
3Corte el Señor todo labio lisonjero,
La lengua que habla con exageración;
4 A los que han dicho: «Con nuestra lengua prevaleceremos,
Nuestros labios nos defienden; ¿quién es señor sobre nosotros?».
5«Por la desolación del afligido, por los gemidos del menesteroso,
Me levantaré ahora», dice el Señor; «lo pondré en la seguridad que anhela».
6¶Las palabras del Señor son palabras puras,
Plata probada en un crisol en la tierra, siete veces refinada.
7Tú, Señor, los guardarás;
De esta generación los preservarás para siempre.
8Por todas partes se pasean los impíos,
Cuando la maldad es exaltada entre los hijos de los hombres.

Proverbios 2

1Hijo mío, si recibes mis palabras
Y atesoras mis mandamientos dentro de ti,
2Da oído a la sabiduría,
Inclina tu corazón al entendimiento.
3Porque si clamas a la inteligencia,
Alza tu voz por entendimiento;
4Si la buscas como a la plata,
Y la procuras como a tesoros escondidos,
5Entonces entenderás el temor del Señor
Y descubrirás el conocimiento de Dios.
6Porque el Señor da sabiduría,
De Su boca vienen el conocimiento y la inteligencia.
7Él reserva la prosperidad para los rectos
Y es escudo para los que andan en integridad,
8Guarda las sendas del juicio,
Y preserva el camino de Sus santos.
9Entonces discernirás justicia y juicio,
Equidad y todo buen sendero.
10Porque la sabiduría entrará en tu corazón,
Y el conocimiento será grato a tu alma;
11 La discreción velará sobre ti,
El entendimiento te protegerá,
12Para librarte de la senda del mal,
Del hombre que habla cosas perversas;
13De los que dejan las sendas de rectitud,
Para andar por los caminos tenebrosos;
14De los que se deleitan en hacer el mal
Y se regocijan en las perversidades del mal;
15Cuyas sendas son torcidas,
Y se extravían en sus senderos.
16 La discreción te librará de la mujer extraña,
De la desconocida que lisonjea con sus palabras,
17La cual deja al compañero de su juventud,
Y olvida el pacto de su Dios;
18Porque su casa se inclina hacia la muerte,
Y sus senderos hacia los muertos.
19Todos los que van a ella, no vuelven,
Ni alcanzan las sendas de la vida.
20Por tanto, andarás en el camino de los buenos
Y guardarás las sendas de los justos.
21Porque los rectos morarán en la tierra,
Y los íntegros permanecerán en ella;
22Pero los impíos serán cortados de la tierra,
Y los malvados serán desarraigados de ella.

Nueva Biblia de las Américas (NBLA) © The Lockman Foundation — cortesía de YouVersion.

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