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Día 94 de 365 · 4 de abril

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Deuteronomio 34

1Y subió Moisés desde la llanura de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está frente a Jericó, y el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan, 2todo Neftalí, la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental, 3el Neguev y la llanura del valle de Jericó, la ciudad de las palmeras, hasta Zoar. 4Entonces le dijo el Señor: «Esta es la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob: “Yo la daré a tu descendencia”. Te he permitido verla con tus ojos, pero no pasarás a ella».
5Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en la tierra de Moab, conforme a la palabra del Señor. 6Y Él lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet Peor; pero nadie sabe hasta hoy el lugar de su sepultura. 7Aunque Moisés tenía 120 años cuando murió, no se habían apagado sus ojos, ni había perdido su vigor. 8Los israelitas lloraron a Moisés por treinta días en la llanura de Moab; así se cumplieron los días de llanto y duelo por Moisés.
9Y Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él; y los israelitas le escucharon e hicieron tal como el Señor había mandado a Moisés. 10Desde entonces no ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor conocía cara a cara, 11nadie como él por todas las señales y prodigios que el Señor le mandó hacer en la tierra de Egipto, contra Faraón, contra todos sus siervos y contra toda su tierra, 12y por la mano poderosa y por todos los hechos grandiosos y terribles que Moisés realizó ante los ojos de todo Israel.

Josué 1

1Después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, el Señor habló a Josué, hijo de Nun, y ayudante de Moisés, y le dijo: 2«Mi siervo Moisés ha muerto. Ahora pues, levántate, cruza este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que Yo les doy a los israelitas. 3Todo lugar que pise la planta de su pie les he dado a ustedes, tal como dije a Moisés. 4Desde el desierto y este Líbano hasta el gran río, el río Éufrates, toda la tierra de los hititas hasta el mar Grande que está hacia la puesta del sol, será territorio de ustedes. 5Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida. Así como estuve con Moisés, estaré contigo. No te dejaré ni te abandonaré.
6»Sé fuerte y valiente, porque tú darás a este pueblo posesión de la tierra que juré a sus padres que les daría. 7Solamente sé fuerte y muy valiente. Cuídate de cumplir toda la ley que Moisés Mi siervo te mandó. No te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas.
8»Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito. Porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito. 9¿No te lo he ordenado Yo? ¡Sé fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas».
10Entonces Josué dio órdenes a los oficiales del pueblo: 11«Pasen por medio del campamento y den órdenes al pueblo, diciéndoles: “Preparen provisiones para ustedes, porque dentro de tres días cruzarán el Jordán para entrar a poseer la tierra que el Señor su Dios les da en posesión” ».
12Y a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés, Josué les dijo: 13«Recuerden la palabra que Moisés, siervo del Señor, les ordenó: “El Señor su Dios les da reposo y les dará esta tierra”. 14Sus mujeres, sus pequeños y su ganado permanecerán en la tierra que Moisés les dio al otro lado del Jordán. Pero ustedes, todos los valientes guerreros, pasarán en orden de batalla delante de sus hermanos, y los ayudarán, 15hasta que el Señor dé reposo a sus hermanos como a ustedes, y ellos también posean la tierra que el Señor su Dios les da. Entonces volverán a su tierra y poseerán lo que Moisés, siervo del Señor, les dio al otro lado del Jordán hacia el oriente».
16Y ellos respondieron a Josué: «Haremos todo lo que nos has mandado, y adondequiera que nos envíes, iremos. 17Como obedecimos en todo a Moisés, así te obedeceremos a ti, con tal que el Señor tu Dios esté contigo como estuvo con Moisés. 18Cualquiera que se rebele contra tu mandatoy no obedezca tus palabras en todo lo que le mandes, se le dará muerte. Solamente sé fuerte y valiente».

Hechos 5

1Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una propiedad, 2y se quedó con parte del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo la otra parte, la puso a los pies de los apóstoles.
3Pero Pedro dijo: «Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo, y quedarte con parte del precio del terreno? 4Mientras estaba sin venderse, ¿no te pertenecía? Y después de vendida, ¿no estaba bajo tu poder? ¿Por qué concebiste este asunto en tu corazón? No has mentido a los hombres sino a Dios».
5Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró; y vino un gran temor sobre todos los que lo supieron. 6Entonces los jóvenes se levantaron y lo cubrieron, y sacándolo, le dieron sepultura.
7Como tres horas después entró su mujer, no sabiendo lo que había sucedido. 8Y Pedro le preguntó: «Dime, ¿vendieron el terreno en tal precio?». «Sí, ese fue el precio», dijo ella. 9Entonces Pedro le dijo: «¿Por qué se pusieron de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor? Mira, los pies de los hombres que sepultaron a tu marido están a la puerta, y te sacarán también a ti». 10Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró. Al entrar los jóvenes, la hallaron muerta; entonces la sacaron y le dieron sepultura junto a su marido. 11Y vino un gran temor sobre toda la iglesia y sobre todos los que supieron estas cosas.
12Por mano de los apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios entre el pueblo; y acostumbraban a estar todos de común acuerdo en el pórtico de Salomón. 13Pero ninguno de los demás se atrevía a juntarse con ellos; sin embargo, el pueblo los tenía en gran estima.
14Y más y más creyentes en el Señor, multitud de hombres y de mujeres, se añadían constantemente al número de ellos, 15a tal punto que aun sacaban a los enfermos a las calles y los tendían en lechos y camillas, para que al pasar Pedro, siquiera su sombra cayera sobre alguno de ellos. 16También la gente de las ciudades en los alrededores de Jerusalén acudía trayendo enfermos y atormentados por espíritus inmundos, y todos eran sanados.
17Pero levantándose el sumo sacerdote, y todos los que estaban con él, (es decir, la secta de los saduceos), se llenaron de celo. 18Entonces echaron mano a los apóstoles y los pusieron en una cárcel pública. 19Pero durante la noche, un ángel del Señor, abrió las puertas de la cárcel y sacándolos, les dijo: 20«Vayan, preséntense en el templo, y hablen al pueblo todo el mensaje de esta Vida».
21Habiendo oído esto, al amanecer entraron en el templo y enseñaban. Cuando llegaron el sumo sacerdote y los que estaban con él, convocaron al Concilio, es decir, a todo el Senado de los israelitas. Y mandaron traer de la cárcel a los apóstoles. 22Pero los guardias que fueron no los encontraron en la cárcel; volvieron, pues, y les informaron: 23«Encontramos la cárcel cerrada con toda seguridad y los guardias de pie a las puertas; pero cuando abrimos, a nadie hallamos dentro».
24Cuando oyeron estas palabras el capitán de la guardia del templo y los principales sacerdotes, se quedaron muy perplejos a causa de ellas, pensando en qué terminaría aquello. 25Pero alguien se presentó y les informó: «Miren, los hombres que pusieron en la cárcel están en el templo enseñando al pueblo».
26Entonces el capitán fue con los guardias y los trajo sin violencia porque temían al pueblo, no fuera que los apedrearan. 27Cuando los trajeron, los pusieron ante el Concilio, y el sumo sacerdote los interrogó: 28«Les dimos órdenes estrictas de no continuar enseñando en este Nombre, y han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y quieren traer sobre nosotros la sangre de este Hombre».
29Pero Pedro y los apóstoles respondieron: «Debemos obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres. 30El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron y colgaron en una cruz. 31A Él Dios lo exaltó a Su diestra como Príncipe y Salvador, para dar arrepentimiento a Israel, y perdón de pecados. 32Y nosotros somos testigos de estas cosas; y también el Espíritu Santo, el cual Dios ha dado a los que le obedecen».
33Cuando ellos oyeron esto, se sintieron profundamente ofendidos y querían matarlos. 34Pero cierto fariseo llamado Gamaliel, maestro de la ley, respetado por todo el pueblo, se levantó en el Concilio y ordenó que sacaran fuera a los apóstoles por un momento.
35Entonces les dijo: «Hombres de Israel, tengan cuidado de lo que van a hacer con estos hombres. 36Porque hace algún tiempo Teudas se levantó pretendiendo ser alguien; y un grupo como de 400 hombres se unió a él. Y fue muerto, y todos los que lo seguían fueron dispersos y reducidos a nada. 37Después de él, se levantó Judas de Galilea en los días del censo, y llevó mucha gente tras sí; él también pereció, y todos los que lo seguían se dispersaron.
38»Por tanto, en este caso les digo que no tengan nada que ver con estos hombres y déjenlos en paz, porque si este plan o acción es de los hombres, perecerá; 39pero si es de Dios, no podrán destruirlos; no sea que se hallen luchando contra Dios».
40Ellos aceptaron su consejo, y después de llamar a los apóstoles, los azotaron y les ordenaron que no hablaran más en el nombre de Jesús y los soltaron. 41Los apóstoles, pues, salieron de la presencia del Concilio, regocijándose de que hubieran sido considerados dignos de sufrir afrenta por Su Nombre. 42Y todos los días, en el templo y de casa en casa, no cesaban de enseñar y proclamar el evangelio de Jesús como el Cristo.

Salmo 94

1Oh Señor, Dios de las venganzas,
Oh Dios de las venganzas, ¡resplandece!
2Levántate, Juez de la tierra;
Da su merecido a los soberbios.
3¿Hasta cuándo los impíos, Señor,
Hasta cuándo los impíos se regocijarán?
4Charlan, hablan con arrogancia;
Todos los que hacen iniquidad se vanaglorían.
5Aplastan a Tu pueblo, Señor,
Y afligen a Tu heredad.
6Matan a la viuda y al extranjero,
Y asesinan a los huérfanos.
7Y dicen: «El Señor no ve nada
Ni hace caso el Dios de Jacob».
8¶Hagan caso, torpes del pueblo;
Necios, ¿cuándo entenderán?
9El que hizo el oído, ¿acaso no oye?
El que dio forma al ojo, ¿acaso no ve?
10¿No reprenderá el que castiga a las naciones,
El que enseña conocimiento al hombre?
11El Señor conoce los pensamientos del hombre,
Sabe que son solo un soplo.
12¶Bienaventurado el hombre a quien reprendes, Señor,
Y lo instruyes en Tu ley;
13Para darle descanso en los días de aflicción,
Hasta que se cave una fosa para el impío.
14Porque el Señor no abandonará a Su pueblo,
Ni desamparará a Su heredad.
15Porque el juicio volverá a ser justo,
Y todos los rectos de corazón lo seguirán.
16¿Quién se levantará por mí contra los malhechores?
¿Quién me defenderá de los que hacen iniquidad?
17¶Si el Señor no hubiera sido mi ayuda,
Pronto habría habitado mi alma en el lugar del silencio.
18Si digo: «Mi pie ha resbalado»,
Tu misericordia, oh Señor, me sostendrá.
19Cuando mis inquietudes se multiplican dentro de mí,
Tus consuelos deleitan mi alma.
20¿Puede ser aliado Tuyo un trono de destrucción,
Que planea el mal por decreto?
21Se unen contra la vida del justo,
Y condenan a muerte al inocente.
22Pero el Señor ha sido mi baluarte,
Y mi Dios la roca de mi refugio.
23Él ha hecho volver sobre ellos su propia iniquidad,
Y los destruirá en su maldad;
El Señor, nuestro Dios, los destruirá.

Proverbios 1

1Los proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel:
2Para aprender sabiduría e instrucción,
Para discernir dichos profundos,
3Para recibir instrucción en sabia conducta,
Justicia, juicio y equidad;
4Para dar a los simples prudencia,
Y a los jóvenes conocimiento y discreción.
5El sabio oirá y crecerá en conocimiento,
Y el inteligente adquirirá habilidad,
6Para entender proverbio y metáfora,
Las palabras de los sabios y sus enigmas.
7¶El temor del Señor es el principio de la sabiduría;
Los necios desprecian la sabiduría y la instrucción.
8¶Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre
Y no abandones la enseñanza de tu madre;
9Porque son guirnalda de gracia para tu cabeza,
Y collares para tu cuello.
10Hijo mío, si los pecadores te quieren seducir,
No consientas.
11Si dicen: «Ven con nosotros,
Pongámonos al acecho para derramar sangre,
Sin causa asechemos al inocente,
12Devorémoslos vivos como el Seol,
Enteros, como los que descienden al abismo;
13Hallaremos toda clase de preciadas riquezas,
Llenaremos nuestras casas de botín;
14Echa tu suerte con nosotros,
Todos tendremos una bolsa»,
15Hijo mío, no andes en el camino con ellos.
Aparta tu pie de su senda,
16Porque sus pies corren hacia el mal,
Y se apresuran a derramar sangre.
17Porque es en vano tender la red
Ante los ojos de cualquier ave;
18Pero ellos a su propia sangre acechan,
Tienden lazo a sus propias vidas.
19Tales son los caminos de todo el que se beneficia por la violencia:
Que quita la vida de sus poseedores.
20¶La sabiduría clama en la calle,
En las plazas alza su voz;
21Clama en las esquinas de las calles concurridas;
A la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos:
22«¿Hasta cuándo, oh simples, amarán la simpleza,
Y los burladores se deleitarán en hacer burla,
Y los necios aborrecerán el conocimiento?
23-»Vuélvanse a mi reprensión,
Y derramaré mi espíritu sobre ustedes;
Les haré conocer mis palabras.
24-»Porque he llamado y han rehusado oír,
He extendido mi mano y nadie ha hecho caso.
25-»Han desatendido todo consejo mío
Y no han deseado mi reprensión.
26-»También yo me reiré de la calamidad de ustedes,
Me burlaré cuando sobrevenga lo que temen,
27Cuando venga como tormenta lo que temen
Y su calamidad sobrevenga como torbellino,
Cuando vengan sobre ustedes tribulación y angustia.
28-»Entonces me invocarán, pero no responderé;
Me buscarán con diligencia, pero no me hallarán,
29Porque odiaron el conocimiento,
Y no escogieron el temor del Señor,
30Ni quisieron aceptar mi consejo,
Y despreciaron toda mi reprensión.
31-»Comerán del fruto de su conducta,
Y de sus propias artimañas se hartarán.
32-»Porque el desvío de los simples los matará,
Y la complacencia de los necios los destruirá.
33-»Pero el que me escucha vivirá seguro,
Y descansará, sin temor al mal».

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