¿A quién trato de agradar?

Texto base: Gálatas 1:6-10 · También: Romanos 12:2

Dar de comer no es fácil

El sermón abre con una imagen doméstica que cualquiera reconoce. Las dueñas de casa, dice, saben lo que significa dar de comer: se acuestan pensando en qué van a hacer mañana.

Y de ahí salta a Jesús diciéndoles a los discípulos «dadles vosotros de comer», y a los discípulos mirando a la multitud sin saber de dónde. Es la misma complicación, dice, que se le arma a un predicador cuando le avisan que le toca.

Es una manera humilde de entrar, y anticipa el tono de todo lo que sigue.

La pregunta que eligió

El texto es Gálatas 1:6-10. Pablo está asombrado de que los gálatas se hayan pasado tan pronto a otro evangelio, y llega hasta a decir que si un ángel del cielo anunciara otro evangelio, sea anatema.

El Diácono reconoce que por ese lado el sermón sería corto:

Aquí sería como medio complicado recibir otro evangelio, porque se nos ha enseñado. Nuestro Obispo hizo hincapié en esta doctrina. Sería difícil que alguien nos diera vuelta.

Y entonces elige otra cosa. Se va al versículo 10, que es donde Pablo se vuelve hacia sí mismo:

“Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.”

— Gálatas 1:10 (NBLA)

Su pregunta al auditorio es directa: cuando yo les estoy enseñando la Palabra,

¿quiero agradarles a ustedes o quiero agradar a Dios?

Lo que él sabe de agradar

Aquí el mensaje se vuelve personal, y esa es su fuerza. Porque el Diácono no habla de agradar como concepto: habla desde haberlo tenido que hacer para sobrevivir.

Quedó muy pequeño, y creció yendo de casa en casa. Con una tía. Con un tío. Con quien le abriera la puerta un par de meses porque en algún momento le cayó bien.

En cada casa tenía que agradar. Tenía que dar lo mejor de mí. ¿Para qué? Para poder ganarme un plato de comida.

Vivió así hasta que creció y se casó. Y al casarse fue a vivir donde los suegros, así que la cosa siguió igual. Cuenta lo difícil que es cuando llegan los hijos y uno no quiere que se los pasen a llevar, y hay que morderse la lengua para no pelear y no echar a perder la comunión de la casa.

Tienes que seguir tratando de agradar aunque no te guste, aunque duela lo que duela — porque no estás viviendo en tu casa. No es lo tuyo.

Esa es la definición operativa que el sermón le da a agradar a los hombres: vivir siempre en lo que no es de uno.

El otro agradar

Y sobre esa base viene el contraste, que es la tesis:

El apóstol dice claramente: yo no tengo por qué agradarte a ti. Yo tengo que agradarle a aquel que me escogió.

La diferencia no es que uno sea más fácil que el otro. Es que el segundo no es una audición permanente. En casa ajena uno agrada para que lo dejen quedarse. Con Dios, la decisión ya está tomada antes:

Habiendo miles, fijó su mirada en mí.

Y lo extiende a los que están escuchando: si están ahí, es porque también fijó la mirada en ustedes. Están en el propósito de Dios.

«Este viejito me quiere engrupir»

El segundo testimonio es sobre cómo aprendió, y es honesto de una manera poco común en un púlpito.

Cuenta que cuando el Obispo lo tomó para enseñarle la Palabra, él desconfiaba. Hablaba con tanto deseo y tanta gana que el Diácono pensaba: *este viejito me quiere engrupir*.

Yo llegaba a la casa y lo primero que hacía era tomar la Biblia, para ver si lo que me estaba diciendo era así o no.

Y era así. Era exactamente como se lo había explicado. Pero al servicio siguiente volvía a pasar lo mismo: le salía con algo nuevo, y él tenía que volver a meterse en la Escritura y pedirle a Dios claridad.

Así pasó años. Tantos, dice, que su señora llegó a decirle que estaba loco.

Ojalá siguiera con esa locura, hermano.

Salir de la banca

De ahí sale la imagen que estructura la segunda mitad, y viene del fútbol.

Le dieron un pase. Y en ese momento tuvo el impulso de pasársela a otro, que la metiera él, que era gol seguro. Pero la decisión fue distinta:

A pesar de que haya estado mucho tiempo en la banca, voy a jugar.

Porque en la banca uno no lee el juego. No sabe qué decisión está tomando el técnico. Y se pierden jugadores cuando uno no está.

Es también donde recuerda que esto tiene un adversario: el enemigo quiere robar la bendición y sacar del fuego, porque los que sirven le estorban.

«Yo no soy Coca-Cola»

La frase más suya del sermón, y la más honesta:

Yo siempre les digo: yo no soy Coca-Cola, que a la mayoría le gusto.

No a todos les vas a caer bien. Y esa es exactamente la razón por la que la pregunta del versículo 10 hay que resolverla: si el criterio es gustarle a la gente, el trabajo se vuelve imposible.

Lo que sí es responsabilidad de uno

El tramo final baja a lo concreto, y es el más pastoral.

Habla de la familia que no está caminando, y del dolor de eso. Cuenta que el Señor le dijo que era responsable de su familia, y que eso se entiende — pero que después le dio algo más.

Y usa una imagen que se queda: el enchufe sigue estando en tu casa. Aunque alguien se haya alejado, aunque hace tiempo que no se conecta, la corriente sigue ahí. No se ha ido.

Recuerda también a Pablo llamándose a sí mismo «un abortivo», y sin embargo recibiendo la gran oportunidad de su vida camino a Damasco.

Sacar un pensamiento y poner otro

El cierre es Romanos 12:2: no os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento.

Y le pone una observación práctica que vale el sermón entero:

Renovar no es solo sacar. No saco nada con sacar un pensamiento si lo dejo vacío: va a volver. Mejor coloco uno de Cristo, y dele vuelta, dele vuelta, hasta que quede grabado.

Porque el versículo termina diciendo *para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios* — y esa comprobación, dice, no llega de otra manera.