El camino al Siloé
Texto base: Juan 9:6-11 · También: Juan 9:3 · Salmo 119:18
A ti también te tiene que costar.
La pregunta con la que abre
El sermón no empieza por el milagro. Empieza por la pregunta que le hacen al
hombre después:
> «Y le dijeron: ¿Cómo te fueron abiertos los ojos? Respondió él y dijo: Aquel
> hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé,
> y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista.» (Juan 9:10-11)
Antes de llegar ahí despacha dos cosas del relato, rápido y bien.
La primera es la pregunta de los discípulos —quién pecó, él o sus padres—. Y la
respuesta del texto no acusa a nadie:
> «No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se
> manifiesten en él.» (Juan 9:3)
La segunda es el contraste con los que interrogan al hombre después:
> Ustedes tienen una muy buena vista física, pero una pésima vista espiritual.
> Podían ver a Jesús, pero no podían ver que Dios estaba en Jesús.
Pero el sermón está en otra parte
Y aquí viene lo suyo, que no es la lectura habitual de este pasaje:
> Yo voy a empezar la obra, pero a ti también te tiene que costar. También
> tienes que tomarte el trabajo de llegar al Siloé para que puedas ver con
> claridad la obra que yo empecé en ti.
Jesús hizo el lodo y se lo puso en los ojos. Pero no lo sanó ahí. Lo mandó a
caminar.
Y el Hermano Israel se detiene en esa caminata, que el texto despacha en tres
palabras —«fue entonces, y se lavó»— y que en la práctica fue un hombre ciego
cruzando una ciudad:
> Yo lo veo a este joven luchando por llegar al Siloé. Quizás le empujaron: oye,
> córrete para allá. Oye, sale para allá, que andas estorbando.
> Pero él tenía un propósito, que era hacer lo que el Señor le dijo.
Para que se entienda el tamaño de esa caminata, cuenta que estuvo en el barrio
judío de una ciudad de España y que las calles no son rectas:
> Es un puro laberinto. No es algo recto.
Y hay un detalle que el texto regala y el sermón no usa: Juan 9:7 aclara
entre paréntesis que Siloé «traducido es, Enviado». Al ciego lo mandan a
lavarse a un estanque que se llama Enviado — y el Enviado es el mismo que le
puso el lodo. La obediencia lo lleva, sin que él lo sepa, hasta el nombre de
quien lo mandó.
Qué es caminar al Siloé hoy
Aquí el mensaje baja a lo cotidiano, y se pone incómodo:
> Si solamente abro la Escritura cuando vengo aquí a la iglesia…
> «Señor, hazme conocer tus pensamientos» — y a lo mejor en el día ando pensando
> en la teleserie, en la pelota, en la película, en lo que me quedó por hacer en
> la casa. Y no pienso en los planes de Dios.
Y ofrece dos herramientas concretas, que es lo mejor que tiene el sermón.
La primera es una pregunta que dice hacerse en el trabajo:
> Cuando me encuentro en una situación digo: ¿qué haría el Señor en mi lugar?
> Y me pongo a pensar.
La segunda es un método, y está bien pensado:
> Aunque sea un versículo en la mañana, y le doy vuelta. Y ese versículo al otro
> día me va a llevar a este otro, me va a llevar a este otro.
> Y cuando pase algo, mi vista va a estar abierta. Yo voy a estar pendiente.
Ese es el argumento completo: la vista espiritual no llega el día que se
necesita. Se junta antes, de a un versículo.
Estar pendiente
De ahí describe lo que se gana, y lo describe como cualquiera lo reconocería:
> Más de alguna vez le ha pasado a usted que dice: algo raro está pasando aquí.
> Hay un ambiente que está pesado.
Y extiende la idea más allá de la vista, recogiendo algo que había enseñado el
pastor:
> No solamente de vista: también poder agudizar el oído, agudizar el tacto.
> ¿Qué está sucediendo? Hasta el olfato.
Cuenta después un par de casos de discernimiento —una conversación sobre un
material que llegó a las manos de un hermano, y un objeto enterrado que alguien
encontró y llevó a casa de su padre— para mostrar que el ocultismo aparece donde
uno no lo anda buscando. Son relatos suyos, contados como advertencia y no como
denuncia.
Abre mis ojos
El cierre es la oración que resume el mensaje entero, y la trae del salterio:
> «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.» (Salmo 119:18)
> Había una necesidad de este escritor.
Es el remate exacto. Porque el salmista no pide que le pongan las maravillas
delante: ya están en la ley. Pide que le abran los ojos para verlas. Igual
que el ciego: el lodo ya estaba puesto, faltaba caminar.
Y la última frase del sermón es una invitación, no un reproche:
> Si quiere ver claridad, si quiere ver lo que está pasando en el mundo…
> caminemos hacia la Escritura, caminemos hacia la oración.
IJFA


