En casa del alfarero

Texto base: Jeremías 18:1-7 · También: Romanos 9:21 · Efesios 1:13-14 · 2 Corintios 4:4-6

Una orden rara

Jeremías 18 empieza con algo que, si uno se detiene, llama la atención por lo concreto:

> «Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Levántate y vete a casa del

> alfarero, y allí te haré oír mis palabras.»

Dios no le dicta un oráculo. No le manda un mensaje para que lo repita. Le dice que se levante y vaya a mirar a alguien trabajar.

El Hermano Jonás se detiene ahí antes de seguir, y compara la sensación con algo que cualquiera reconoce: cuando el padre, la madre, el jefe o la esposa dicen «necesitamos hablar». Algo viene. Y uno lo sabe antes de que empiece la conversación.

Jeremías se levantó, terminó lo que estaba haciendo y se fue.

Lo que vio

Lo que encontró fue un hombre trabajando en la rueda. Nada extraordinario: un

oficio que en esa época se veía todos los días.

Y mientras miraba, pasó lo que tenía que pasar para que la palabra llegara:

> «Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano.»

Ahí está el punto donde uno esperaría que la historia terminara mal. La pieza se

arruinó. El trabajo se perdió.

Y entonces el detalle que sostiene todo el mensaje:

> «Y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla.»

No botó el barro. Volvió a tomarlo. Y la nueva vasija no salió igual a la

anterior: salió como al alfarero le pareció mejor.

Vasos de honra y de deshonra

De ahí el sermón se mueve a Romanos 9:21, donde Pablo usa exactamente la misma

imagen: el alfarero tiene potestad sobre el barro para hacer de la misma masa un

vaso para honra y otro para deshonra.

Y lo aterriza en quiénes son ellos en esa historia. Recuerda que fuimos gentiles

—no de nacimiento, sino de conducta: hacíamos lo que hacían, hablábamos como

hablaban— y que hoy ya no lo somos.

> Ya no decimos las cosas que decíamos. No hacemos las cosas que hacíamos.

Esa es, en la lectura del mensaje, la vasija rehecha.

La pregunta que casi nadie sabe responder

La segunda mitad arranca con una pregunta directa al auditorio, y es donde el

sermón se vuelve más interesante:

> ¿Qué entienden ustedes por «sellados por el Espíritu»?

Porque la frase se repite mucho y se explica poco. Y aquí el Hermano Jonás hace

un trabajo que vale la pena.

Explica que el sello no era una metáfora: era un objeto. En Israel, un sello

jotam— era una pieza de piedra, metal o hueso, tallada con un emblema o con el

nombre de su dueño. Y no cualquiera tenía uno: eran caros, y los usaba gente de

cierta posición para marcar vasijas, vasos y utensilios.

Y entonces la aclaración que le da la vuelta al asunto:

> Sellar no habla de tapar. No habla de proteger en el sentido de cerrar. Habla

> de garantizar que el objeto está completo, íntegro, a salvo — y que responde

> por él alguien con nombre.

Sellados, no cerrados

De esa distinción sale la mejor frase del mensaje:

> No somos vasos sellados porque estemos cerrados. Somos vasos sellados con el

> timbre — para que Él pueda depositar lo que quiere y llenarnos.

Un sello no impide que entre. Certifica de quién es.

Lo apoya en Efesios 1:13-14, que lee completo:

> «Habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y

> habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,

> que es las arras de nuestra herencia.»

Las arras son el anticipo: lo que se entrega adelantado como garantía de que

lo demás va a llegar. Otra vez la misma idea del sello, ahora en clave de

herencia.

El que ciega el entendimiento

Antes de cerrar pasa por 2 Corintios 4, donde el dios de este siglo cegó el

entendimiento de los incrédulos para que no les resplandeciera la luz del

evangelio.

Y hace una observación sobre la palabra incrédulo que es propia y es buena:

> Un incrédulo no es alguien que no tenga fe, o que no sepa nada. Es alguien que

> cree de repente que sí, de repente que no. Que sí, que no.

Y lo aplica sin dejarse afuera: creemos que el Señor va a hacer las cosas, y al

final las terminamos haciendo nosotros.

«Ya no siento cuando Él pasa»

El cierre es la parte más honesta, y no es habitual escucharlo desde un púlpito.

Habla en primera persona. Dice que en estos meses se ha sentido vacío. Que no ha

llenado ni el diez por ciento de su oración. Que ya no tiene la plenitud que

tenía antes, y que ya ni siente cuando Él pasa por la iglesia.

Y nombra la excusa que todos conocen: *es que yo no sé cómo sentir al Espíritu,

es que yo no sé adorar, es que yo nunca he hablado en lenguas, es que yo nunca he

tenido un sueño.*

La respuesta que da no es un reproche:

> Es que tú no sientes. Pero el Señor está trabajando en ti, y tú no te das

> cuenta.

Y de ahí, el contraste final. Habla de la otra marca —la de la bestia— y deja la

pregunta abierta, que es la misma del sello:

¿Quién quieres que ponga su nombre en ti?