La higuera sin fruto
Textos base: Mateo 21:18-19 · Marcos 11:12-14, 20-25 · Lucas 13:6-9
Talentos, dones y frutos
El mensaje abre con una distinción sencilla que después ordena todo lo demás.
Los talentos vienen de nacimiento o se aprenden de chico: uno es músico, otro sabe pegar cerámica. Los dones los reparte Dios. Y los frutos son otra cosa: no vienen puestos ni se reparten. Se cultivan.
El Hermano Víctor lo dice de sí mismo sin rodeos: su talento es la música. Y es justamente desde ahí que va a explicar el resto.
El árbol que se veía bien de lejos
> Jesús volvía por la mañana a la ciudad, y tuvo hambre.
Vio la higuera desde lejos, y ese detalle importa: de lejos el árbol se veía bien. Frondoso, con sus hojas verdes. Todo lo que uno esperaría de un árbol sano.
Se acercó, y no había fruto. Solo hojas.
Y el árbol se secó — no en tres o cuatro días, sino al instante.
De ahí sale la pregunta que el sermón repite:
> ¿Cómo estamos nosotros? ¿Tenemos frutos, pocos, quizás uno solo, o ninguno?
Porque la higuera no era un árbol muerto. Era un árbol que se veía bien. Y esa es la comparación incómoda que el mensaje propone: venimos a la iglesia, participamos de los servicios, hablamos del amor, de la paciencia, de la benignidad — y hasta ahí llega, en la conversación.
El que pidió un año más
Aquí el sermón hace su mejor movimiento: cruza a Lucas 13, y la escena cambia por completo.
El dueño quiere cortar la higuera; lleva tres años buscando fruto y no encuentra. Y el que la trabaja le pide tiempo:
Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella y la abone.
En la lectura del Hermano Víctor, ese viñador es Dios pidiendo por nosotros:
No lo cortes. Déjame trabajarlo. Déjame escarbarlo, déjame hacerle la zanjita, déjame echarle agua todos los días, déjame el abono.
Y de ahí la pregunta que sigue: ¿cuántas veces habrá pasado eso sin que uno se enterara? Cuántas veces Dios habrá pedido un año más. Cuántas veces empezó a hablarte, a visitarte, a trabajar en tu corazón — y eso era exactamente lo que estaba pasando.
Que la fruta no se caiga
El mensaje agrega un segundo problema, y es distinto del primero. No es solo que falte fruto: es que el que hay no se cuida.
Tenemos un fruto, llega el viento y se cae. Llega la helada y se cae.
Un árbol puede dar y perderlo todo si nadie lo trabaja.
La guitarra
Esta es la parte del sermón que se queda, y viene de lo que él sabe hacer.
Usted quiere aprender a tocar guitarra. Yo le enseño un sol, un do, un re. Con esas canta y alaba.
¿Cuánto se va a demorar en aprender? ¿Dos meses? ¿Cuatro? ¿Un año? ¿Cinco? Y quizás nunca aprenda.
Porque eso no depende de mí. Depende de cuánto practique él.
Cuántos días a la semana. Cuántas horas al día. La constancia.
Y entonces la aplicación llega sola:
Y los frutos del Espíritu se trabajan igual. No es instantáneo.
Uno no se levanta un día con paciencia. La paciencia se practica el día en que hay que practicarla — y él lo cuenta de sí mismo, manejando, aprendiendo a no tocar la bocina.
Lo mismo con el árbol frutal de la casa de sus papás: si lo abona y lo cuida todo el verano, al año siguiente hay naranjas. Si lo planta y lo deja, al año siguiente está seco y ni hojas tiene.
Volver a acordarse de dónde salimos
La última parte es un llamado directo, y es el tramo más duro del mensaje.
Mientras más Dios nos bendice, menos le servimos.
Cuando no había nada, dice, éramos los primeros en llegar: con frío, con lluvia, con los zapatos rotos, caminando kilómetros, alumbrándose con una vela. Ahora hay estufa, hay televisor, y cuesta salir de la casa.
El cierre no es reproche sino gratitud: agradecer por el día, por la lluvia, por la bufanda, por la fuerza para ir a trabajar. Acordarse de dónde Dios lo sacó a uno.
IJFA


