La mujer samaritana
Obispo Sergio Inostroza · Sede IJFA Curicó · 20 de agosto de 2023
Texto base: Juan 4 · También: Juan 1:18 · 1 Timoteo 1:17 · Juan 5:37 · Colosenses 1:15 · Mateo 11:28
Un pasaje muy conocido
El Obispo empieza reconociéndolo: viene a compartir «una palabra muy conocida». Cuenta que la escuchó por primera vez hace muchos años, un 8 de agosto, y que le impactó.
El pozo de Jacob. El mediodía. La mujer que va sola a sacar agua. Todos hemos oído la historia.
Y entonces hace la pregunta que casi nunca se hace en este pasaje, y que reorganiza todo lo demás:
¿Con quién estaba hablando esa mujer?
A Dios nadie le vio jamás
Para responderla se va lejos del pozo, y encadena tres textos.
Juan 1:18 — «A Dios nadie le vio jamás.» El Obispo se detiene en la palabra
jamás. Nunca. Nadie.
Y cuenta que cuando un ateo le dice que no cree que haya Dios porque, si lo
hubiera, alguien lo habría visto, la respuesta está justamente ahí: no se lo ha
visto, y la Escritura lo dice primero.
1 Timoteo 1:17 — *«Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio
Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos.»*
Juan 5:37 — «Ni nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto.»
Tres testigos para una sola afirmación: Dios no se ve.
Entonces, ¿quién está en el pozo?
Ahí está el giro. Si a Dios nadie lo ha visto nunca, la escena junto al pozo no puede ser lo que uno supone sin pensarlo.
El Obispo trabaja la palabra principio. Crear, dice, significa hacer algo queno existía — algo que no era y ahora es. Y lo ilustra con una modista: hace un diseño, y de pronto todas andan con ese vestido que antes no estaba.
Con eso llega a Colosenses 1:15:
“Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.”
— Colosenses 1:15 (NBLA)
El Verbo. El principio de la creación de Dios. La imagen visible de quien no se ve.
Con ese es con quien la mujer está discutiendo sobre en qué monte se debe adorar.
Está pidiéndole agua alguien a quien nadie podría haber visto de otro modo.
«Dios amalgamó en María»
Aquí aparece una palabra que es suya y que se toma el tiempo de explicar, porque sabe que suena rara. Dice que la ha usado mucho en sus estudios.
Amalgamar es unir. Y lo que se une, en este caso, es lo humano con lo celestial.
Dios amalgamó en María. Trajo al Verbo y lo depositó en ella para que saliera un ser.
Y lo apoya en Mateo 1:18, cuando el ángel le dice a José en sueños que reciba
a María, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.
El Obispo se ríe de sí mismo mientras lo explica —«¿entienden la locura que estoy hablando?»—, pero el punto no es una ocurrencia: es la manera de sostener a la vez que Dios no se ve y que hubo alguien a quien sí se pudo ver, oír y tocar junto a un pozo.
Los cinco maridos
Cuando la conversación llega a los maridos, el sermón hace algo que convien notar, porque es donde muchos predicadores resbalan.
El Obispo no la usa de ejemplo moral. Lee Hebreos 13:4 y dice, sin ambigüedad, que a los adúlteros y fornicarios los juzga Dios — no él.
Yo no juzgo a nadie. Es la palabra la que lo dice. Y no me pertenece a mí.
Jesús tampoco la descalificó. Le nombró su situación y le siguió ofreciendo la fuente. Ese orden importa: primero el agua, y la verdad sobre su vida no fue un requisito de entrada.
De ahí pasa naturalmente a Mateo 11:28: *venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados*.
El pozo bajo el peral
El cierre tiene dos imágenes, y las dos son buenas.
La primera es suya, de la infancia en el campo. Había un peral, y a los pies del peral un pozo de agua vertiente. Él iba, se agachaba y bebía de esa agua que saltaba y gorgoteaba.
Es exactamente la figura del versículo: *una fuente de agua que salte para vida eterna*. No un estanque quieto — algo que brota solo.
La segunda es del texto, y el Obispo la subraya: la mujer dejó su cántaro. Lo soltó ahí y se fue corriendo a la ciudad. El cántaro era la herramienta de ir a buscar agua todos los días; ya no le hacía falta.
Dos días
Y una última observación, casi al final, sobre un detalle que suele pasar de largo: Jesús se quedó dos días con los samaritanos. No tres, no cuatro. Dos.
El Obispo lo lee junto a 2 Pedro 3:8 — *para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día* — y deja la cuenta hecha para quien quiera seguirla.
IJFA


