Los instrumentos de Dios

Dos protagonistas, y casi siempre recordamos uno

“1 Y Sefatías, hijo de Matán, Gedalías, hijo de Pasur, Jucal, hijo de Selemías, y Pasur, hijo de Malquías, oyeron las palabras que Jeremías hablaba a todo el pueblo: 2 «Así dice el S eñor : “El que se quede en esta ciudad morirá a espada, de hambre o de pestilencia, pero el que se pase a los caldeos, vivirá y tendrá su vida por botín y seguirá viviendo”. 3 Así dice el S eñor : “Ciertamente esta ciudad será entregada en manos del ejército del rey de Babilonia, y él la tomará” ». 4 Entonces dijeron los oficiales al rey: «Den muerte ahora a este hombre, porque él desanima a los hombres de guerra que quedan en esta ciudad y a todo el pueblo diciéndoles tales palabras. Este hombre no busca el bien de este pueblo, sino el mal». 5 El rey Sedequías dijo: «Él está en sus manos; pues el rey nada puede hacer contra ustedes». 6 Entonces ellos tomaron a Jeremías, y bajándolo con cuerdas lo echaron en la cisterna de Malaquías, hijo del rey, que había en el patio de la guardia. En la cisterna no había agua, sino lodo, así que Jeremías se hundió en el lodo. 7 Ebed Melec el etíope, eunuco del palacio del rey, oyó que habían echado a Jeremías en la cisterna. Estando el rey sentado a la puerta de Benjamín, 8 salió Ebed Melec del palacio real y habló al rey y le dijo: 9 «Oh rey, mi señor, estos hombres han obrado mal en todo lo que han hecho al profeta Jeremías echándolo en la cisterna. Él morirá donde está a causa del hambre, porque no hay más pan en la ciudad». 10 Entonces el rey ordenó al etíope Ebed Melec: «Toma bajo tu mando tres hombres de aquí, y saca al profeta Jeremías de la cisterna antes que muera». 11 Ebed Melec tomó a los hombres bajo su mando, entró en el palacio del rey al lugar debajo del cuarto del tesoro y tomó de allí ropas raídas y trapos viejos, y con sogas los bajó a Jeremías en la cisterna.

— Jeremías 38 (NBLA)

Jeremías 38 se lee por el profeta en la cisterna. Pero el capítulo tiene un segundo personaje, y es el que sostiene este mensaje.

El profeta anuncia lo que nadie quiere oír: si Jerusalén no se rinde al ejército de Babilonia, va a morir de espada, de hambre o de peste. Quien se pase a los caldeos, vivirá.

No es el mensaje que se espera de un profeta. Uno espera que llegue diciendo «sal con gozo, pueblo de Jerusalén, porque el Señor lo ha dicho». Y era lo contrario.

Los príncipes lo acusan de desmoralizar a los pocos hombres de guerra que quedaban: «este hombre no busca la paz de este pueblo, sino el mal». Van donde el rey y piden que muera.

Y el rey responde algo que vale la pena leer despacio:

«He aquí que él está en vuestras manos; pues el rey nada puede hacer contra vosotros.»

Se lava las manos. El Diácono lo compara con lo que pasó después ante otro tribunal, con otro acusado.

Lo bajan a la cisterna de Malquías. No había agua: solo lodo. Y Jeremías se hundió en el lodo.

El que no tenía por qué meterse

Aquí entra el segundo. Ebed-melec, un eunuco etíope, funcionario de la casa del rey.

No era príncipe. No era consejero. No tenía voz en esa mesa. En palabras del sermón:

No tenía mayor importancia, no tenía mayor valor dentro de la casa, sino que cumplía con sus obligaciones.

Y el Diácono se detiene en lo que ese hombre hubiera necesitado para hacer lo que hizo. Porque no era llegar y presentarse ante el rey y decirle *«se han equivocado en la decisión que tomaron»*. Cuando los príncipes hablaron, el rey no se les opuso — porque oponerse le habría costado la mitad de lo que le quedaba del pueblo. Y ahora aparece un trabajador a decirle que la decisión estuvo mal.

Podía haberle costado la misma sentencia que le dieron al profeta. Estaba contradiciendo a los gobernantes.

Lo que no perdió fue la confianza. Lo que no perdió fue la fe. Lo que no perdió fue su valentía.

El rey cambia de parecer y le da treinta hombres de su propia casa. Con trapos y sogas viejas, sacan al profeta del lodo.

Y hay un detalle que el mensaje subraya: después de eso, el mismo rey vuelve a consultar a Jeremías. «Dime, y no me ocultes nada.»

El rescate no solo salvó al profeta — reabrió la conversación que se había cerrado.

Lo que esto significa

La tesis está dicha temprano y se repite:

> Siempre Dios tiene instrumentos que uno menos se espera.

Y de ahí sale la parte incómoda, que es hacia adentro:

> Usted dice: «no, si este hermano ni canta, a veces ni ora». Pero Dios toma a

> quien usted no se espera para que trabaje en nuestra vida.

> Son instrumentos que para nosotros son insignificantes, pero para Dios son

> importantes. Y es donde nosotros debemos prestar atención.

El Diácono nombra los tres instrumentos del capítulo: el profeta, que

cumple la ordenanza y entrega el mensaje aunque no guste; el funcionario,

que no tenía rango y usó el que no tenía; y el rey, que aun habiendo

firmado la sentencia permitió que se revirtiera.

Y aparece el paralelo con la iglesia, que no suaviza:

> A veces sucede dentro de las iglesias que está el profeta entregando el

> mensaje, pero al pueblo no le gusta. «No, si ese no estudió.» «Habla mucho.»

Dos historias propias

El mensaje no se queda en el texto. Baja dos veces.

La primera es de su hermano David, que había contado poco antes lo de su

compañero de trabajo: el que lo apreció, el que le enseñó, el que le hizo

soportar los primeros días duros lejos de casa y en un trabajo nuevo. Ese

hombre no tenía ninguna obligación de hacerlo.

> Pero Dios abrió puertas y trabaja en la mente de nosotros.

La segunda es suya, y es la que da vuelta el asunto. Fue a la revisión

técnica del auto un viernes por la tarde, resignado a esperar. Se armó una fila

larguísima detrás de él, hasta pasar el semáforo. Y en algún momento se dio

cuenta:

> Y yo era el instrumento.

Los que llegaron después de él quedaron dentro del horario porque él estaba

adelante en la fila. Sin proponérselo, sin saberlo, sirviendo a gente que no

conocía.

Adonde apunta

> Nuestras guerras hoy en día son las cosas materiales. Son las cuentas. Es el

> no poder hacer el almuerzo mañana.

A aquellos varones les quitaba la tranquilidad estar en guerra. A nosotros nos

la quitan otras cosas. Pero el argumento es el mismo:

> Quizás el instrumento está ahí y no te has dado cuenta.

A Jeremías, hundido en el lodo, no se le habría pasado por la mente que un

funcionario de la casa del rey iba a sacarlo. Habría esperado otro profeta, o

que a los gobernantes les diera remordimiento. Y no vino por ahí.