Los pensamientos
Texto base: Isaías 55:8-9 · También: Génesis 6:5 · Génesis 11:4 · Filipenses 4:8 · Levítico 6:10-13
Dos cosas que no coinciden
El sermón parte leyendo Isaías 55, y el texto dice dos cosas a la vez:
8 «Porque Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, Ni sus caminos son Mis caminos», declara el S eñor . 9 «Porque como los cielos son más altos que la tierra, Así Mis caminos son más altos que sus caminos, Y Mis pensamientos más que sus pensamientos.
— Isaías 55:8-9 (NBLA)
Pensamientos y caminos. Lo que se piensa y por dónde se anda.
El Pastor los toma juntos desde el principio, porque el mensaje va a ser sobre la distancia entre una cosa y la otra.
Y hace una observación que parece obvia y no lo es: pensar no está prohibido. Dios nos dio la capacidad de pensar. El problema no es que pase un pensamiento.
Podemos pensar. Pero ya el hacer lo que pensamos en mal, eso ya no viene de Dios.
No todo pensamiento es bueno
Aquí el mensaje se pone concreto.
Uno puede pensar en ayudar, en hacer cosas buenas. Pero también aparecen los otros. El ejemplo que da es de la vida diaria: ver a alguien y pensar *ojalá se pegue, para que sepa lo que es el dolor*.
Ese fue tu pensamiento.
No lo dice para condenar, sino para que nadie se haga el desentendido. Esos pensamientos existen y viven en la vida cotidiana de todos.
Lo que Dios vio antes del diluvio
Para explicar de dónde viene eso, va a Génesis 6:5:
“El S eñor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal.”
— Génesis 6:5 (NBLA)
Todo designio. De continuo. El diagnóstico no es sobre los actos: es sobre lo que se maquina antes de los actos.
Babel: cuando la inclinación se disfraza de proyecto
El segundo ejemplo es Génesis 11:4, y es el más agudo del sermón.
“Luego dijeron: «Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta los cielos, y hagámonos un nombre famoso , para que no seamos dispersados sobre la superficie de toda la tierra».”
— Génesis 11:4 (NBLA)
Lo que el Pastor subraya es que esa gente creía estar haciendo algo bueno. Era una obra grande, ambiciosa, admirable. Hoy, dice, uno mira los grandes edificios y le parecen hermosos.
Pero la frase delata la inclinación: hagámonos un nombre.
No estaba mal el proyecto. Estaba mal para quién era.
No todo es vanidad
Aquí hace una pausa que vale la pena, y contradice a propósito lo que todos esperan oír.
Eclesiastés dice vanidad de vanidades, todo es vanidad. Y el Pastor dice que no:
No es vanidad adorar, glorificar, exaltar al Todopoderoso. No es vanidad reconocer que la gloria de Dios bendice nuestras vidas.
Y lo apoya en el propio Salomón: mientras estuvo en los caminos de Dios, en él no había vanidad. Porque todo lo que hacía era para exaltar y reconocer al único Dios verdadero. La vanidad entró después, cuando la guía cambió.
Libertad, y lo que Dios piensa de nosotros
Dios nos da libertad —para ir donde queramos— y al mismo tiempo sus designios hacia nosotros son siempre de hacernos bien. Lo que suele fallar, dice, es que no queremos que nos guíe.
Lo ilustra con su nieto, que decidió sentarse y no hacer las tareas. Se sentó y no las hizo. La profesora lo acusó al llegar a la casa.
Es un ejemplo doméstico y funciona: la libertad de no hacer estaba; las consecuencias también.
El acusador
De ahí el mensaje entra en su parte más específica, y es donde el Pastor trae lenguaje que no se escucha seguido en un púlpito: el yetzer hará, la inclinación al mal. Y lo describe con una función precisa: acusar.
Cuando ya cometiste la falta, cometiste el error, te apartaste — ese que está ahí te está acusando.
Lo compara con Job: «¿no has considerado a mi siervo Job?», y el acusador presente en la escena. El mismo que un día va a estar delante de Dios recordando lo que hiciste.
Y de ahí sale la frase que ordena todo el sermón:
Todo pensamiento puede pasar por nuestra mente. Pero si ya sale de mí y lo ejecuto, ya es otra cosa.
Esa es la línea. No la tentación: la ejecución.
En esto pensad
Si el problema es qué pasa por la mente, la solución no puede ser dejarla vacía. Y ahí llega Filipenses 4:8:
> «Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo
> amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de
> alabanza, en esto pensad.»
El Pastor se detiene en verdadero: no falso. Que no te engrupan.
Y antes de eso hace algo que conviene notar. Alguien podría decirle que para él es fácil, que él es el pastor. Y responde:
Yo soy igual que usted.
Y describe el tirón de querer lo que no corresponde, con un ejemplo de comida que hace reír a la sala sin quitarle el punto.
Por qué se apagó el fuego
El cierre es el mejor tramo, y llega por un texto que uno no espera en un sermón
sobre pensamientos: Levítico 6:10-13.
Antes de leerlo, hace la pregunta:
> ¿Por qué en nuestra vida el fuego se ha apagado? ¿Se ha dado cuenta de que ya no
> canto como cantaba antes? ¿Que ya no exalto a Dios como antes? ¿Que ya no soy
> feliz como era feliz antes?
Y lee la instrucción al sacerdote: vestirse de lino, apartar la ceniza del
holocausto consumido, y —en los versículos que siguen— poner leña cada mañana
para que el fuego no se apague.
La aplicación queda dicha sin necesidad de explicarla: el fuego no se apaga de
golpe. Se apaga cuando nadie saca la ceniza y nadie pone la leña. Y la ceniza, en
este sermón, es lo que quedó de los pensamientos que se dejaron pasar.
IJFA


