Shamaim

Pastor Daniel Martínez · Sede IJFA Bucalemu · 14 de agosto de 2026

Texto base: Juan 4:13-15 · También: Jeremías 2:12-13 · 1 Reyes 18:21

Una fuente para vida eterna.

Empieza en el pozo

El mensaje abre leyendo la conversación de Jesús con la mujer de Samaria, y se

detiene en la promesa:

> «Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el

> agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.»

>

> «Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.»

Ella entiende la parte práctica —no volver al pozo todos los días— antes de

entender el resto. Y el Pastor hace una observación al pasar que vale anotar:

cuando Jesús quiso que un mensaje se expandiera rápido, se lo entregó a una

mujer.

Dos males, no uno

De ahí cruza a Jeremías 2, y el cambio de tono es brusco a propósito. Dios

llama a los cielos como testigos de un juicio:

> «Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos; desolaos en gran manera, dijo

> Jehová. Porque dos males ha hecho mi pueblo: **me dejaron a mí, fuente de agua

> viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.**»

El Pastor subraya que son dos y no uno.

El primero fue dejar la fuente. El segundo, cavar sustitutos. Y no cualquier

sustituto: cisternas rotas, que ni siquiera cumplen la función por la que se

cavaron.

Vale la pena tener presente la diferencia material, porque el reclamo se apoya

en ella. Una fuente brota sola y da agua que no se acaba. Una cisterna no

produce nada: es un hoyo excavado en la roca que guarda lo que cae del cielo. Y

si tiene una grieta, ni siquiera guarda.

Shamaim

Aquí está el hallazgo del mensaje, y es lo que une los dos pasajes.

La palabra hebrea para cielo es shamaim (שָׁמַיִם). El Pastor la descompone en

dos:

  • sham — «allí», la palabra que señala un lugar

  • mayim — «agua»

Shamaim: allí hay agua.

Y de ahí saca la lectura que ordena todo el sermón:

> Cuando ellos nombraban el cielo, cuando levantaban la vista y decían «cielo»,

> estaban diciendo: allí hay agua.

No estaban nombrando una bóveda azul ni un lugar lejano. Estaban señalando **de

dónde viene la provisión**.

> No miraban el agua de la cisterna. No miraban el agua del pozo. Miraban de

> dónde proveía el agua.

Con eso, el reclamo de Jeremías se vuelve más duro: teniendo la fuente arriba y

sabiéndolo cada vez que decían la palabra «cielo», se pusieron a picar piedra

abajo para hacerse depósitos que se rajan.

La letra y la esencia

Antes del cierre hay un tramo sobre lo que se construyó alrededor de la ley: los

cercos, las tradiciones, los dogmas que se levantaron —según el Pastor— para no

transgredir la esencia de la ley, y que terminaron contaminándola.

El argumento es el mismo de las cisternas, aplicado a la religión: se rodea la

fuente de estructuras hasta que las estructuras reemplazan a la fuente.

Mira al cielo

El cierre baja a lo concreto, y ahí el sermón se vuelve pastoral.

Cuando llegue el día malo. Cuando no haya pan. Cuando estés triste. Cuando el

agua que encuentres salga amarga.

> Mira al cielo y di: allí hay agua.

Y el Pastor recuerda de qué es capaz el que está arriba: **si el agua sale

amarga, la endulza** —como en Mara— **y si lo que hay es pura piedra, saca agua

de ahí** —como en Horeb—. No es una figura: son dos cosas que ya hizo.

No claudiquéis

Y remata con Elías en el Carmelo, que es donde el mensaje le pone precio a todo

lo anterior:

> «¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios,

> seguidle; y si Baal, id en pos de él.»

Es el cierre exacto para un sermón sobre fuentes y cisternas. Porque el problema

de Jeremías 2 nunca fue que el pueblo dejara de creer: fue que quiso tener las

dos cosas, la fuente y el hoyo.