La misma barca

Hay una pregunta que uno se hace cuando alguien deja la iglesia: ¿y si tenían razón los que se fueron?

Juan escribió su primera carta a una congregación con esa pregunta encima. Un grupo se había ido diciendo que tenía una espiritualidad superior, un conocimiento más hondo que los demás no alcanzaban. Y al irse dejaron atrás a hermanos inseguros, tambaleando.

Lo interesante es cómo responde. No dice yo he sentido más al Señor que ellos. Dice:

«Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida.» (1 Juan 1:1)

Cuatro sentidos como testigos. Porque los que se fueron ofrecían una espiritualidad sin cuerpo: fe sin la carga de los hermanos, experiencia privada y no compartida.

Nosotros conocemos esa tentación. Es más cómodo creer solo. Nadie nos contradice, nadie nos exige, nadie nos decepciona.

Pero la palabra que la Biblia usa para comunión —koinonía— venía del mundo de los negocios. Describía a dos pescadores que habían juntado su dinero para comprar una barca. Compartían las redes, las noches de trabajo, la pesca y también las pérdidas. Podían discutir. Al día siguiente subían al mismo bote igual, porque no había otro.

Esta semana, en vez de preguntar ¿cómo está? de pasada, elija a un hermano y pregunte de verdad. Espere la respuesta completa. Eso, y no el saludo, es el comienzo de la koinonía.

Para orar: Señor, líbrame de confundir la cercanía con la comunión. Enséñame a sostener a quienes no elegí, porque me pusiste en la misma barca con ellos. Amén.