Por sus frutos los conoceréis: lo que un árbol nos enseña sobre la vida cristiana Reflexión a partir del mensaje del Pastor Héctor Israel
Hay verdades que se entienden mejor mirando un árbol que leyendo un tratado de teología. Eso es exactamente lo que propone el Pastor Héctor Israel en este mensaje: usar la naturaleza —algo que Dios creó "sin intervención del hombre"— como espejo de lo que ocurre en nuestro interior.
Lo que Dios crea, crece solo Todo comienza en Génesis 1:11: la tierra produce hierba, hierba que da semilla, árbol que da fruto según su género. Nadie riega ese primer jardín, nadie interviene. "Todo hermano mantiene la gracia de Dios, la mano de Dios", dice el pastor. Es un recordatorio simple pero profundo: lo que Dios hace, lo hace perfecto, y lo sostiene por su propia misericordia, no por nuestro esfuerzo.
El bicho que nadie ve Pero un árbol perfecto también puede enfermar por dentro sin que nada se note por fuera. Aquí aparece la imagen central del mensaje: el pantumoro y el escolito, insectos diminutos que entran por la raíz o el tronco y empiezan a devorar por dentro lo que sostiene al árbol entero.
"Este vicito se llama demonio... ese pantumoro me hizo daño, me dañó."
Es una manera cruda y directa de hablar de cómo el pecado —o cualquier herida espiritual no resuelta— puede estar carcomiendo por dentro a alguien que por fuera se ve "bonito, frondoso, con hojas grandes". El daño no siempre se ve de inmediato. Primero se pierde la savia. Después, las hojas. Al final, el árbol completo.
La savia es el Espíritu Si el problema es perder savia, la solución es clara: que corra otra vez.
"En nosotros el Espíritu Santo debe correr como río de agua viva... para movernos, para caminar con Dios."
La savia sube por la corteza y baja al corazón del árbol —así funciona también, dice el pastor, la obra del Espíritu Santo en la vida del creyente: es lo que sostiene, lo que da fuerza, lo que permite que haya fruto.
Ramas grandes, poco fruto Uno de los momentos más fuertes del mensaje es la comparación entre dos tipos de rama. Está el "bastago": la rama grande, gruesa, de hojas grandes, la que va adelante de todas, la que impresiona a la vista.
"Van adelante, son puntero... pero llevan cuatro granitos de fruto. Ese es el vanaglorioso."
Y está la rama que "se pegó a la vida", que no se salió de su lugar, que no llama la atención — y que es la que realmente tiene mucho fruto. La pregunta que deja flotando el mensaje es incómoda: ¿nos parecemos más al bastago o a la rama que da fruto en silencio?
Cortado no es lo mismo que desarraigado La parte más esperanzadora del mensaje viene de Job 14:7:
"Porque si el árbol fuere cortado, aún queda de él esperanza; retoñará aún... pero cuando es desarraigado, no hay más memoria de él."
El pastor usa el ejemplo de Nabucodonosor: Dios lo "cortó", lo humilló, pero dejó el tronco — dejó una raíz de la cual pudiera retoñar de nuevo. Ser disciplinado, corregido, incluso "podado" por Dios no es el final. Es, muchas veces, la única forma de volver a dar fruto. Lo único verdaderamente irreversible es arrancarse de raíz, alejarse por completo.
El fruto no miente El mensaje cierra con una referencia a los 17 "frutos de la carne" de Gálatas 5:19 frente a los 9 frutos del Espíritu — y una advertencia sobre algo muy cotidiano: la murmuración, el chisme, la doble cara.
"No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto, porque cada árbol se conoce por su fruto."
Porque al final, dice el pastor, la gente no juzga a Dios por lo que predicamos, sino por el fruto que ven en nuestra vida. Y cierra con una imagen sencilla y hermosa como resumen de todo el mensaje:
"Que seas un árbol de vida, que dé buenos frutos, y que todos quieran acercarse a ti."
Basado en la transcripción completa del mensaje del Pastor Héctor Israel, "Por sus frutos los conoceréis".
IJFA


