El Paracleto
5 ¿O piensan que la Escritura dice en vano: «Dios celosamente anhela el Espíritu que ha hecho morar en nosotros.»?
— Santiago 4:5 (NBLA)
La palabra griega es paracleto, y significa ayudador, el que aboga.
Y para entender por qué necesitamos uno, hay que empezar por lo que somos sin él.
El hombre natural
Un ser humano nace de mujer, con soplo de vida, y es un habitante de este mundo. Nada más. La Escritura lo llama hombre natural.
Ese hombre no es malo por elección: es incapaz por naturaleza. Le cuesta ser bueno. Le cuesta ser santo. Le gusta lo prohibido. Y sobre todo, vive inconsciente de Dios.
El obispo lo dijo con una frase que incomoda:
> El hombre natural puede aprender una religión como un animalito aprende a hacer cosas. Puede rezar y no saber a quién reza. Puede cantar y no saber a quién canta.
Canta porque suena bonito. Reza porque se lo enseñaron. Pero no hay nadie del otro lado de esa oración, porque no hay conciencia de Dios.
Y lo contó de sí mismo. Antes de conocer a Cristo se persignaba, rezaba el rosario, respondía a su madre en las oraciones. «Me habían enseñado que había un Dios, pero yo no tenía conciencia de Dios.»
Nicodemo también era un hombre natural
Era maestro en Israel. Sabía la Escritura. Y cuando Jesús le dijo que tenía que nacer de nuevo, no entendió nada:
¿Cómo, siendo viejo, voy a entrar por segunda vez en el vientre de mi madre?
No era tonto. Era natural. El hombre natural no discierne las cosas espirituales, por muy religioso que sea.
El corazón de piedra
Lo que hace falta no es más información. Es un cambio de órgano.
26 ’Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.
— Ezequiel 36 (NBLA)
Primero hay que sacar la piedra. Después poner algo sensible en su lugar. Y con ese corazón nuevo viene otro espíritu — y ese espíritu es el que hace la conciencia.
Por eso hay quien puede hacer daño y quedarse tranquilo. No es que sea peor persona: no tiene el ayudador que lo acuse.
Para qué sirve un ayudador
“26 De la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. No sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.
— Romanos 8:26 (NBLA)
No dice que nos ayuda en nuestra fortaleza. Dice en nuestra debilidad.
Es el que nos frena. El que acusa cuando queremos disparar. El que dice tienes que pedir perdón cuando el orgullo dice que no. El obispo lo llamó la rienda que Dios tiene puesta.
Y aquí entra la imagen que da forma a todo el mensaje.
El mustang y el burro
En las praderas hay un caballo salvaje llamado mustang. Nació libre, se crió libre, y es indómito.
Atraparlo no es lo difícil. Se puede acorralar, se puede lacear. Lo difícil es llevarlo a casa. Un mustang prefiere ahorcarse antes que seguir a alguien.
Entonces los hombres idearon algo.
Llevan burros. Burros criados en casa, alimentados con avena, acostumbrados al pesebre. Un burro ama su casa: donde lo limpian, donde le dan agua y comida.
Atrapan al mustang y lo amarran corto al burro. Y sueltan a los dos.
Empieza la pelea. El mustang tira, se resiste, se revuelca, los dos caen al suelo. Puede durar días. Pero cada vez que se levantan, el burro vuelve a caminar en la misma dirección — hacia el pesebre.
Hasta que el salvaje se cansa. Y entonces la tarea se hace fácil, y llegan a casa. Ahí lo doman, le ponen montura, y el mustang se vuelve útil.
El burro es el ayudador.
> «El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento.»
> — Isaías 1:3
Un animalito sabe volver a casa. Nosotros, muchas veces, no.
Por eso Dios nos amarró a algo. Estamos atados al Paracleto, y lucha con nosotros día y noche — con el salvaje que llevamos adentro, que siempre quiere volver a la pradera.
Nadie llama Señor a Jesús por sí mismo
> «Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.»
> — 1 Corintios 12:3
Ni siquiera eso podemos solos.
El Espíritu Santo no es una fuerza ni una sensación: es Dios mismo, y es el que hace hijos. Sin Él, alguien puede ser criatura de Dios, pero no hijo. La adopción la hace el Espíritu — es Él quien nos da el apellido.
Por eso Jesús le dijo a Nicodemo que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino.
A dónde te quiere llevar
El obispo cerró donde había empezado: en el anhelo.
Nos anhela celosamente. Un celoso quiere a la persona para él — sale del trabajo corriendo, no la quiere compartir con nadie.
Así te quiere el Señor. No de a poco.
Y el Paracleto tiene un solo trabajo, día y noche: llevarte a casa.
Déjalo tirar.
IJFA


