En la presencia de Dios
La frase que suele pasarse por alto
Génesis 4 se lee casi siempre por el homicidio. Pero cuando Caín responde, nose queja de la tierra ni del castigo en sí. Dice otra cosa:
“Hoy me has arrojado de la superficie de la tierra, y de Tu presencia me esconderé, y seré vagabundo y errante en la tierra. Y sucederá que cualquiera que me halle me matará».”
— Génesis 4:14 (NBLA)
De tu presencia me esconderé. Ese es el sermón entero.
Tres formas de vivir
El Pastor encuentra en Génesis tres maneras de estar delante de Dios. Las tres siguen existiendo hoy, y conviene saber en cuál está uno.
1. En Dios y para Dios
Adán y Eva en el huerto. No trabajaban para comer, no tenían preocupaciones más allá de la tarea que Dios les dio, no tenían pensamientos vanos. Su forma de andar era en Dios y su forma de trabajar era para Dios.
Y la presencia estaba ahí. No había que atraerla, no había que merecerla, no costaba nada. Estaba.
El Pastor hace una precisión sobre el lugar: el Edén no era el huerto. El Edén era toda la tierra, y el huerto era una porción dentro de él — algo como un vivero, donde se producían las plantas y se multiplicaban los animales para llenar el resto.
2. Fuera del huerto
Después del pecado son expulsados, y aquí viene lo primero que llama la atención: Dios no los desecha. No los maldice a ellos, no los echa de su presencia. Solo cambia todo lo demás.
Ahora el centro son ellos mismos. Comen del sudor de su frente. Su vida depende de lo que trabajen. Y la presencia de Dios ya no está de gratis: hay que atraerla, y la forma es el sacrificio.
De ahí sale una pregunta que el sermón se hace en voz alta y que vale la pena oír: ¿cómo supieron Caín y Abel que había que sacrificar? Nadie se los enseñó en el texto. La respuesta que propone el Pastor es que el primer sacrificio no fue el de Abel — fue el de Dios, cuando mató un animal para cubrir la desnudez de Adán y Eva. Los padres deben haberles contado cómo era la vida en el huerto, cómo hablaba el Señor con ellos, y cómo una muerte cubrió su falta. Los hijos dedujeron el camino.
3. Lejos, errante
Es donde queda Caín después del homicidio. Desechado de la tierra y desechado de la presencia. Sin heredad, sin dónde recostar la cabeza.
Pero aun ahí hay algo que el sermón no deja pasar: Dios lo marca. Lo desecha y al mismo tiempo lo protege, para que nadie lo mate.
Dios lo está mirando de lejos. No le saca la vista.
Y ese es el matiz sobre los pecados que el Pastor separa con cuidado: hay faltas con las que Dios «se puede irritar un poquito», y hay otras —las que cometemos contra un hermano— que le son aborrecibles. No es lo mismo ofenderlo a Él que enterrarle el cuchillo a otro.
Los niños se esconden
Hay una observación en medio del sermón que se queda pegada:
El hombre, cuando peca, se esconde. Y esto viene de niño. Los niños, sin que nadie les enseñe, cuando hacen algo malo, ¿qué hacen? Se esconden. Huyen de la presencia del papá y de la mamá. Yo no sé de dónde aprendieron aquello.
Es la misma reacción de Caín, y es la misma de Adán entre los árboles. Nadie la enseña. Sale sola.
Lo que cuesta ver la gloria
Aquí el mensaje se pone incómodo, y a propósito. Si estamos fuera del huerto —y lo estamos—, ver la gloria de Dios depende del sacrificio que uno traiga.
¿Tú crees que con cantar va a bajar la gloria de Dios? ¿Con cerrar los ojos? No. Cuerpo, alma y espíritu.
En vano cantas hermoso si no cantas con el alma. En vano levantas las manos si no las levantas de corazón.
Y de ahí sale el diagnóstico más filoso del sermón: el que no lo siente termina mirando de reojo al que sí. Uno se goza y llora, el otro mira al lado con envidia y pregunta por qué ella, por qué él.
Eso es exactamente lo que le pasó a Caín. Su ofrenda no fue agradable, la de su hermano sí, y en vez de humillarse se llenó de rencor. El sermón lo dice sin rodeos: si Caín hubiera reconocido su falta, Dios lo habría perdonado. Lo que lo dejó afuera no fue la ofrenda: fue la soberbia de no reconocerla.
Adonde apunta todo
“Me darás a conocer la senda de la vida; En Tu presencia hay plenitud de gozo; En Tu diestra hay deleites para siempre.”
— Salmos 16:11 (NBLA)
El cierre no es una amenaza, es una invitación con una condición clara: **Él
anda buscando adoradores.No cantantes afinados —«no importa si cantas mal,
no importa si eres desafinado»—, sino gente que lo haga de corazón, con
humildad, cuerpo, alma y espíritu unidos.
IJFA


