Una petición extraña

El salmo más largo de la Escritura está dedicado casi entero a la Palabra: los

mandamientos, los estatutos, los juicios. Y en medio de esos ciento setenta y

seis versículos hay uno que pide algo que no suena a petición de creyente:

“Enséñame buen juicio y conocimiento, Pues creo en Tus mandamientos.”

— Salmos 119:66 (NBLA)

No pide más información. No pide que le expliquen la ley otra vez. Pide **buen

sentido**. Y la palabra hebrea que traducimos así no significa "criterio" en el

sentido abstracto: viene de gusto, de sabor, de percepción. Otras versiones lo

traducen como buen juicio, cordura, criterio sano. Todas rondan lo mismo — la

capacidad de distinguir.

Hay una diferencia enorme entre recibir un dato y percibirlo bien. Y el salmista

sabe que lo segundo también se pide.

Cinco sensores y un cerebro

El sermón se toma un buen rato en lo más concreto: los cinco sentidos del

cuerpo. La vista con los ojos, el olfato con la nariz, el oído con las orejas,

el gusto con la lengua, el tacto con la piel.

Cada uno tiene su terminal —la retina en el ojo, las papilas en la lengua, el

caracol en el oído, la pituitaria amarilla en la nariz, las terminaciones

nerviosas en la piel— y ninguno decide nada por sí solo. Todos mandan la señal

al cerebro. Ahí recién la sensación se convierte en comprensión.

Un niño no nace sabiendo qué es la leche. Lo aprende: este sabor, este color,

esta temperatura, esto es leche. Se aprende por repetición y por uso. Y cuando

falta un sentido, los otros se agudizan para cubrirlo, aunque nunca lo igualan

del todo.

Esa mecánica del cuerpo es la imagen. Porque el Nuevo Testamento dice que en lo

espiritual funciona igual.

Sentidos ejercitados

> «El alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el

> uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.»

> — Hebreos 5:14

Por el uso. No de regalo, no por antigüedad, no por haber ido muchos años.

Ejercitados. Y el versículo anterior es más duro todavía: «os habéis hecho

tardos para oír» (Hebreos 5:11). No dice que no oigan — dice que se hicieron

lentos.

El sermón recorre cuatro escenas donde alguien tuvo la información delante y no

la percibió.

Eva oyó bien

En Génesis 3 la serpiente pregunta: «¿Con que Dios os ha dicho…?». Eva responde

correctamente, cita la orden, sabe cuál era el árbol y cuál el riesgo. Oyó bien.

Escuchó bien. Lo que no hizo fue comprender qué estaba haciendo la serpiente.

Le faltaba información sobre el peligro, dice el sermón, como les falta a los

niños: tocan el fuego hasta que se queman. No miden. Tienen que tocarlo para

entender que no debían.

Y hay un detalle que el mensaje deja abierto y vale la pena pensar: del árbol de

la ciencia del bien y del mal se aprendió a hacer lo malo, sí — pero también a

hacer lo bueno. Un bien aprendido ahí es un bien que se puede manipular.

> Hay un bien que no viene de parte de Dios.

«Hay caminos que al hombre le parecen derechos, pero su fin es camino de

muerte.» Lo que nos parece bueno no siempre lo es, y esa confusión empieza justo

ahí.

Los gabaonitas se anticiparon a todo

Josué 9. La orden era clara: no hacer alianza con los moradores de la tierra.

Los gabaonitas no pelean — actúan. Se presentan como embajadores de un país

lejano y montan la escena completa:

  • sacos viejos sobre los asnos

  • odres de vino rotos y remendados

  • zapatos viejos y recosidos en los pies

  • vestidos gastados

  • y el pan, seco y mohoso, como de un viaje largo

No dejaron un solo detalle sin cubrir. Josué revisó con los ojos, tocó, olió, y

todo confirmaba la historia. El texto dice que los israelitas «no consultaron a

Jehová». Los cinco sentidos dieron el mismo veredicto y estaba equivocado.

Isaac tenía el olfato bueno

Génesis 27. Jacob se presenta vestido con la ropa de Esaú, con pedazos de cuero

en los brazos para imitar el vello, y con el guiso que su madre preparó igual

que lo hacía el hermano.

Isaac ya no veía. Así que usó lo que le quedaba: el tacto (el cuero resolvió

eso), el gusto (el guiso, también resuelto), el olfato (la ropa). **El único que

casi lo delata fue el oído** — «la voz es la voz de Jacob». Tuvo la corazonada

por el sentido menos preparado y aun así siguió adelante.

Ahías no veía y reconoció

Y el contraste: en 1 Reyes 14, el profeta Ahías está viejo y sus ojos «se habían

oscurecido». La mujer de Jeroboam viene disfrazada. Él no ve nada y la reconoce

igual.

La diferencia no era el ojo. Era el ejercicio.

Llevar preso el pensamiento

De ahí sale la aplicación más práctica del sermón:

> Todo pensamiento que me llega tengo que cautivarlo, llevarlo preso. No

> confiar en lo que me llega a la mente: lo llevo a un interrogatorio, lo llevo a

> examinar, para saber si viene de parte de Dios o no viene de parte de Dios.

Y antes de actuar, un tiempo. No apresuradamente.

Porque Dios no pesa lo que decimos ni lo que hacemos: pesa la intención. Y una

intención buena con un discernimiento pobre termina en el error de Adán, que

tomó del fruto por afecto a su esposa y no detectó lo que había detrás.

Lo que queda

Hebreos 5 y 6 cierran con el reproche: «debiendo ser ya maestros después de

tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar los primeros

rudimentos». Seguimos en la leche no porque falte enseñanza, sino porque no

ejercitamos.

La madurez, según el texto, no llega con el tiempo. Llega con el uso.